Escritura Diaria, 22 de Septiembre de 2026

La Palabra de hoy nos conduce al corazón de una espiritualidad que no puede separar la oración de la compasión, ni la fe del compromiso con quienes sufren.

Reflexión

La Palabra de hoy nos conduce al corazón de una espiritualidad que no puede separar la oración de la compasión, ni la fe del compromiso con quienes sufren. Proverbios nos recuerda que Dios conoce el corazón humano y que para Él la justicia vale más que los sacrificios. Hay, además, una frase que interpela con fuerza nuestra conciencia: “Quien cierra sus oídos al clamor del pobre, también clamará y no será escuchado”.

Esta Palabra expresa lo que lo que es el corazón pasionista. San Pablo de la Cruz nos enseñó a contemplar la pasión de Cristo como la obra más grande del amor de Dios. Sin embargo, contemplar al Crucificado significa también aprender a reconocerlo en el pueblo crucificado de hoy: en el migrante que vive con miedo, en la persona sin hogar, en la familia que lucha por alcanzar las necesidades básicas, en los enfermos y en quienes experimentan la soledad, la discriminación, la violencia, o abandono.

En el Evangelio, Jesús amplía el significado de ser su familar:

“Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

Ser familia de Jesús no consiste solamente en escucharlo, sino en permitir que su Palabra transforme nuestra manera de acercarnos a los demás.

El corazón pasionista no contempla el dolor desde lejos. Se aproxima. Escucha. Permanece. Acompaña. Se deja tocar.

Hoy Cristo sigue presente desde tantas cruces humanas: “Estoy aquí”. Que nuestra respuesta no sea indiferencia, sino cercanía; no discursos, sino presencia; no una fe cómoda, sino una compasión que se expresa en acción.

Porque quien verdaderamente escucha la Palabra termina acercándose a la cruz donde hay alguien que no merece sufrir abandonado.

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