Escritura Diaria, 22 de Octubre de 2026

Quizá el Señor no me está pidiendo hacer algo extraordinario, sino amar con más paciencia, escuchar con más atención, reconciliarme, acompañar a alguien herido o dejar de huir de una verdad que necesito abrazar.

Reflexión

Hay días en los que por fuera seguimos adelante, cumplimos responsabilidades, sonreímos, acompañamos a otros y hacemos lo que tenemos que hacer… pero por dentro sabemos que algo necesita ser renovado. A veces el corazón se cansa. La fe puede sentirse más pequeña. La esperanza puede perder fuerza. Incluso el amor, cuando ha sido herido o puesto a prueba, puede comenzar a enfriarse.

Tal vez por eso las palabras de hoy llegan con tanta fuerza. Dios no se conforma con quedarse en la superficie de nuestra vida. Él desea entrar allí donde cargamos nuestras preguntas, nuestros cansancios, nuestras luchas y también nuestros deseos más profundos. Quiere fortalecer nuestro interior y volver a encender aquello que quizá la vida ha ido apagando en nosotros.

San Pablo, en la carta a los Efesios, se arrodilla ante el Padre y pide algo que todos necesitamos: ser fortalecidos interiormente y llegar a comprender “la anchura, la longitud, la altura y la profundidad” del amor de Cristo. No pide que desaparezcan los problemas, sino que Cristo habite profundamente en nuestro corazón y que quedemos arraigados en el amor.

El Evangelio, sin embargo, nos presenta a Jesús diciendo: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya estuviera ardiendo”! Es un fuego que puede inquietarnos, porque el amor verdadero nunca nos deja exactamente donde estábamos.

Cristo no vino a ofrecernos una paz cómoda que evita conflictos, sino la paz que nace de vivir en la verdad, de amar con valentía y de elegir el Reino aun cuando eso tenga un precio. Desde la espiritualidad pasionista, este fuego lo contemplamos encendido de manera definitiva en la Cruz. Allí descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios: un amor que no huye del sufrimiento, que permanece junto al herido, que perdona y que continúa entregándose incluso cuando no es correspondido.

También nosotros podemos preguntarnos:

¿qué necesita encender Jesús hoy dentro de mí?

Tal vez una fe que se ha enfriado, una compasión que se ha cansado, un perdón que seguimos aplazando o el valor para permanecer cerca de alguien que sufre.

Que la Memoria Passionis mantenga vivo este fuego en nosotros. Que no seamos solamente admiradores de Cristo Crucificado, sino corazones transformados por su amor, capaces de llevar consuelo, esperanza y misericordia allí donde la vida sigue siendo crucificada.

Hoy puedo preguntarme con sinceridad: ¿en qué parte de mi vida necesito permitir que el fuego de Cristo me purifique, me fortalezca y me vuelva más disponible para amar? Quizá el Señor no me está pidiendo hacer algo extraordinario, sino amar con más paciencia, escuchar con más atención, reconciliarme, acompañar a alguien herido o dejar de huir de una verdad que necesito abrazar.

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