Escritura Diaria, 19 Febrero 2026

Somos invitados —incluso enviados— a seguir eligiendo la voluntad de Dios por encima de todo.

Reflexión

“Esto dice el Señor: “Mira: Hoy pongo delante de ti la vida y el bien o la muerte y el mal”.

Es una afirmación dramática, pero muy verdadera. Verdadera al menos en este sentido: siempre conservamos el poder de elegir. Incluso en las circunstancias más horribles, cuando la libertad, la independencia e incluso la vida están amenazadas, nuestra libertad de elegir es algo que no puede ser arrebatado.

Siempre podemos volvernos hacia la luz y la verdad. En muchos casos, será posible elegir actuar de manera diferente y así pasar de una situación que puede ser perjudicial para nuestro bienestar o el bienestar de los demás. También puede ser posible elegir pensar de manera distinta sobre nuestra manera de acercarnos a las personas o a una situación, y descubrir nuevas formas de responder en lugar de reaccionar ciegamente. Incluso en aquellos momentos en que carecemos del poder o de la posibilidad de cambiar una situación externa, o incluso de salir de ella, todavía conservamos la capacidad de elegir la actitud que adoptaremos en ese momento.

Vemos esto claramente en la vida de Jesús. Frente a constantes críticas, persecuciones, peligros y, finalmente, su arresto, no eligió un camino de “muerte”, es decir, rendirse a lo que otros querían imponerle o abandonar su camino de vida que había emprendido.

En este sentido, sus palabras resuenan para nosotros a través de los siglos. Somos invitados —incluso enviados— a seguir eligiendo la voluntad de Dios por encima de todo. Elegir vivir para Dios significa que cargamos una cruz y se nos pide llevarla con valentía mientras vivimos para servir y amar a los demás en el nombre de Jesús. Tales cruces vienen en todas las formas y tamaños: pueden tomar la forma de costos personales y sufrimiento; puede ser que carguemos las cargas de otra persona o que acompañemos a alguien a lo largo de una etapa de su vida, o simplemente le ayudemos a vivir con sus limitaciones.

Jesús conoce nuestros corazones y conoce esas cruces que llevamos por amor a Jesús y al prójimo.

Al entrar en el tiempo de Cuaresma, podemos imaginar nuestro camino como el de Simón de Cirene: cargando una cruz que nos fue impuesta, pero que llevamos libremente, sabiendo que Jesús está muy cerca de nosotros en esos momentos.

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