
Reflexión
¿Quién entre nosotros no ha observado a una persona de fe tan auténtica, tan paciente, tan generosa y tan en paz consigo misma, que pensamos, "me gustaría ser así"?
Estos santos vivientes se pueden encontrar donde menos los esperamos: enfermos en la cama, en la palestra política, donde trabajamos, donde jugamos o en lugares de culto.
Recuerdo que hace años visité Maryhouse, la casa de hospitalidad del Trabajador Católico de Nueva York donde los más pobres de la ciudad son bienvenidos a recibir una comida caliente, un juego limpio de ropa usada y una cama cálida. Los miembros de la comunidad trataron a los huéspedes vulnerables con tal ternura y compasión que me conmovió desear lo que presencié.
Las lecturas de hoy nos deja saber que el Espíritu Santo mueve nuestros corazones presenciamos alguien haciendo actos extremos de bondad, o hablando la verdad con valentía, o perdonando tranquilamente la mala acción de otra persona.
San Pablo dice al pueblo de Filipos en la epístola de hoy: "Sean todos ustedes imitadores míos y observen la conducta de aquellos que viven el ejemplo que les he dado a ustedes".
En el Evangelio, en el que podríamos enfocarnos erróneamente en la astucia del administrador despedido, Jesús realmente enfatiza que debemos imitar la prudencia del administrador cuando tratamos con nuestra propia generación. La prudencia debe guiar nuestro discernimiento sobre cómo abordar las injusticias, la crueldad, el desprecio, los chismes, el egoísmo, la codicia y las mentiras.
El Espíritu Santo está dispuesto a darnos la gracia que necesitamos para tratar con el mundo tal como es.
En este mundo debemos ser los "hijos de la luz", así que ¿por qué no imitar a los iluminados entre nosotros y ser la luz para nuestro mundo oscuro tan lleno de maldad y desesperanza?
Vivir una vida a imitación de Jesús y sus santos, vivos y muertos, no es fácil para nosotros. Pero, sin embargo, puede ser fácil. Todos hemos conocido a personas tan serenas en su bondad que sentimos que Dios está vivo en ellas, llenándolas de la gracia necesaria para caminar por la vida con calma y confianza. Este es el poder del Espíritu Santo vivo en ellas.
Estas son personas a imitar. Busque su consejo, invite amistad con ellos, deje que su fe te conmueva. Así es como crece el reino de Dios. Esto es lo que da esperanza en nuestros días más oscuros.
Entonces, con el tiempo, tendrás una creciente comprensión de que te estás convirtiendo en una persona de paz. Tu relación con Cristo se profundiza. Tu tiempo de oración se convierte en alegría. La misa se convierte en una experiencia conmovedora de entrega total a Cristo y de unidad con él.
Cantarás con el salmista de hoy: "¡Vayamos a la casa del Señor!"





