Escritura Diaria, 15 de Septiembre de 2026

Fue en el Calvario, compartiendo la pasión de Cristo, que María se convirtió en nuestra reina, nuestra madre de los dolores.

Reflexión

Memoria de Nuestra Señora de los Dolores

En una ocasión me invitaron a predicar en la hermosa capilla del Rosario en el Santuario de Lourdes. Éramos un grupo muy numeroso de peregrinos, muchos de los cuales estaban muy enfermos, y el santuario los llama cariñosamente en francés les malades. Los otros eran familiares, amigos y los patronos de la peregrinación, los Caballeros y las Damas de Malta.

Era la la Memoria de Nuestra Señora María Reina (22 agosto). Naturalmente pensé en ella bajo su otro título, Reina de los Ángeles y Santos. Mientras preparaba el sermón para la misa, recordé las visitas previas a Lourdes con tantos que estaban enfermos y sufrían de otras circunstancias también. Sabía que si yo iba a predicar sobre María como reina, también tendría que recordar cuando se reconoció como nuestra reina, tan bellamente adornada con ropas, túnicas, un cetro en la mano y un trono dorado representativo de su realeza.

Recordé todas las hermosas imágenes de nuestra Madre Santísima, sentada en su trono, un momento capturado por muchos artistas italianos y holandeses, entre tantos. Radiante en su belleza, rodeada de ángeles y santos. Pero como yo estaba tan consciente de todos aquellos que se sentarían ante mí en la basílica del Rosario, muchos de los cuales estarían en sillas de ruedas y voitures (las carrozas de los enfermos), como se les llama en francés, supe que difícilmente podría invitarlos a un trono dorado, tan majestuoso y más allá de la experiencia diaria. Más bien, como pasionista, me di cuenta de que el Señor me estaba pidiendo que llevara a todos los reunidos a un lugar diferente, al primer trono de María, la madre de Jesús. Y dónde encontramos este mismo “primer trono” de María? Al pie de la cruz. Vemos a María sentada en la tierra, adornada no con túnicas de seda sino más bien con vestiduras manchadas de sangre y su rostro rayado de lágrimas,

todo lo cual vino del momento inimaginablemente doloroso cuando sostuvo en sus brazos, abrazada en el regazo, el cuerpo roto y crucificado de su amado Hijo, Jesús, nuestro crucificado Señor.

Este es el momento en que María, simple doncella de Nazaret, se hizo Reina del Cielo y de la Tierra, Reina de los Ángeles y de los Santos, sentada en el barro y la suciedad del Calvario, al pie de la cruz. Fue el momento cuando María asume y merece el nombre de nuestra reina, nuestra propia madre “bendecida”. Y, en este momento, al acercarnos a la Cruz de Cristo, es su mano callosa y manchada la que puede tender y sostener la nuestra. Ella conoce nuestras penas; conoce nuestro dolor. No simplemente como una reina gloriosamente entronizada en el Cielo, sino como una madre amada que nos abraza, mientras luchamos para entender el significado de nuestras propias cruces y sufrimiento tan a menudo encontrados en la vida diaria. María, nuestra Madre Dolorosa, nos sostiene también en su cálido abrazo mientras nos conduce a Jesús, su Hijo crucificado y amado. Fue en el Calvario, compartiendo la pasión de Cristo, que María se convirtió en nuestra reina, nuestra madre de los dolores. Y es nuestra madre, por donación de Dios a quien honramos en la fiesta especial de Nuestra Madre Dolorosa.

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