
Reflexión
Nuestro evangelio hoy es una historia de contrastes vívidos e iluminadores. En esta escena notable, dos personas muy diferentes responden a Jesús de dos maneras muy diferentes. Primero, hay un fariseo llamado Simón que invitó a Jesús a cenar. Luego hay una mujer. Nunca nos enteramos de su nombre. Todo lo que nos dice el evangelio es que ella era "conocida en la ciudad como una pecadora", una descripción que ha llevado a muchos estudiosos de las escrituras a concluir que si no era una prostituta, ciertamente era sexualmente promiscua. Obviamente, la mujer no fue invitada a la cena pero nada -ni siquiera los comentarios susurrados y las miradas desaprobadoras de los invitados- le impedirá llegar hasta Jesús; de hecho, su deseo de estar en su presencia es tan fuerte que para ella es como si nadie más estuviera allí. De rodillas ante Jesús, comienza a llorar. Usa esas lágrimas para lavar los pies de Jesús y su cabello para secarlos. Luego besa los pies de Jesús y los masajea con aceite. La mujer hace todo esto con tal determinación enfocada que es como si hubiera ensayado la escena en su mente muchas veces antes. En la presencia de Cristo, ella abre su corazón, se arrepiente de sus pecados y realiza actos exquisitos de contrición y amor.
Simon lo ve todo de manera muy diferente. En lugar de percibir la emoción de la mujer, él asume arrogantemente que ella nunca podría ser más que la pecadora que siempre ha sido. En lo que a él concierne, ella nunca puede ser perdonada, nunca puede ser libre. Pero Simón no sólo juzga a la mujer, sino que también juzga a Jesús. Él denuncia a Jesús como un impostor religioso porque nadie verdaderamente de Dios nunca se permitiría ser tocado por un pecador tan notorio. Así, antes del final de la cena, Simón ha menospreciado y rechazado tanto a la mujer arrepentida como a Jesús que le perdonó. Ambos quedan fuera de su categoría de honradez.
El problema de Simón no era debido a la mujer o a Jesús; era por su vista. El orgullo y la autocomplacencia habían distorsionado tanto su visión que le faltaba ver lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Pero así es como son las cosas cuando estamos tan ocupados juzgando que nunca tenemos tiempo para amar.




