Escritura Diaria, 20 de Septiembre de 2026

Tal vez una de las opciones más difíciles en la vida espiritual es aprender a aceptar que otra persona puede haber recibido un don de Dios sin interpretarlo como un veredicto sobre lo que nosotros no hemos recibimos.

Reflexión

¿Y porqué no yo?

Estás en un grupo después de misa, con el café en la mano, cuando alguien saca un teléfono.

"¡Mira a los nietos!" Ahí están todos los nietos en una foto navideña, la familia reunida alrededor de la mesa. Hay entre brazos un bebé nuevo y por un momento, estás feliz por ellos y un poco triste por ti mismo.

Sonríes. Por supuesto que lo haces. Y en un espacio dentro de ti, algo te duele.

Tal vez tus hijos rara vez llaman. Tal vez no tienes nietos. Tal vez tu cónyuge te haya dejado.

Tal vez tu cuerpo ya no te permite hacer todo lo que una vez hacías facilmente. Tal vez otra persona disfruta la vida que pensabas que sería la tuya.

Aquí es donde la parábola de Jesús sobre los varios obreros se vuelve incómoda. Los obreros que llegaron primero no fueron engañados. Recibieron exactamente lo que les habían prometido. Su miseria comenzó cuando miraron alrededor de si mismos.

A menudo es así que experimentamos la envidia. No se trata simplemente de querer lo que otra persona tiene. No es simplemente una comparación. Al fondo de los sentimientos suele haber una pregunta más delicada:

¿Y porqué no para mi?

¿Por qué le tocó más tiempo con su marido? ¿Por qué sus hijos están tan cerca de él? ¿Por qué disfruta ella de tan buena salud a los ochenta años mientras mi farmacéutico me saluda con mas frequencia que mis familiares?

La envidia es dolorosa porque convierte la dicha de otra persona en evidencia contra nuestra propia vida. Y Jesús desmonta suavemente esa falsedad. "¿Tienes envidia porque soy generoso?"

El terrateniente se niega a convertir lo que es gracia en un sistema de mérito. Que alguien más reciba más no significa que Dios de alguna manera te haya dado menos. Isaías nos recuerda que Dios afirma que "sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes...".

Tal vez una de las opciones más difíciles en la vida espiritual es aprender a aceptar que otra persona puede haber recibido un don de Dios sin interpretarlo como un veredicto sobre lo que nosotros no hemos recibimos.

Seguimos calculando. Dios sigue dando. Y tal vez el paraiso comienza cuando finalmente podemos ver a alguien recibir gracia y no experimentarla como algo que nos está siendo quitado.

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