
Reflexión
El florecimiento que resulta en acompañamiento
El evangelio de hoy, según Lucas, presenta una imagen hermosa y fuerte: un grupo de mujeres que habían experimentado el amor sanador de Jesús ahora lo seguían fielmente, apoyando su misión con sus propios recursos. No eran meros espectadores; eran participantes.
Habiendo visto la bondad del Señor, lo reconocieron valioso y quisieron seguirlo.
En una sociedad donde las mujeres eran a menudo marginadas y excluidas de la vida pública y religiosa, Jesús rompió las barreras. Permitió que María de Betania se sentara a sus pies como un discípulo. Tocó a la chica muerta y le restauró la vida. Se permitió ser tocado por la mujer con hemorragia. Habló públicamente con la samaritana y defendió a la mujer que ungió sus pies. Al hacerlo, Jesús se manifiesta el verdadero libertador.
Rompió tradiciones rígidas para que la gente, especialmente las mujeres, pudieran florecer en la propia dignidad y libertad.
Esta liberación está profundamente relacionada con la esperanza proclamada por san Pablo en la primera carta a los corintios. Pablo insiste en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, la primicia de aquellos que han muerto. La resurrección no es simplemente un acontecimiento del pasado; es el fundamento de nuestra fe y la fuente de nuestra dignidad. Debido a que Cristo resucitó, nadie está condenado a permanecer en la opresión, el pecado o la desesperación. El Señor resucitado restaura la vida, la esperanza y la integridad para todos los que se dirigen a Él. Las mujeres que siguieron a Jesús fueron testigos de esta nueva vida; ellas fueron oprimidas por el sufrimiento, pero hizo posible el florecimiento de vida en ellas.
El salmo 17:15 hace eco de este anhelo por la plenitud de vida:
Pero yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia.
La verdadera realización no se encuentra en la aprobación social o la seguridad material, sino en la presencia de Dios.
Las mujeres en el Evangelio de Lucas no se contentaban con recibir favores; respondían con gratitud. Ellas fueron transformadas, y por eso eligieron acompañarlo. Su discipulado nos desafía. ¿Permanecemos solo en el nivel de pedir, o respondemos cada vez más en acción de gracias y servicio? ¿Permitimos que persistan las actitudes poco saludables o promovemos con valentía la dignidad y el respeto?
Jesucristo ha resucitado. Él es nuestro tesoro, y nos ama profundamente. Habiendo sido tocado por su gracia, que nosotros también florezcamos en libertad y caminemos fielmente en su misión.




