Miércoles de Ceniza

Reflexión
Volviendo al corazón
Hoy, con la imposición de las cenizas, comenzamos el santo tiempo de la Cuaresma. Las cenizas en nuestra frente nos recuerdan nuestra fragilidad humana, nuestra dependencia en Dios y nuestra constante necesidad de conversión. La Cuaresma no es solo una temporada de prácticas religiosas externas, sino un tiempo sagrado para renovar nuestro corazón. Es un camino que nos aleja del orgullo y de la autosuficiencia, y nos invita a revestir nuestra vida de una humildad sincera y de confianza en el Señor.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos enseña que es el corazón de la verdadera religión. Allí habla de tres prácticas esenciales de la fe: la limosna, la oración y el ayuno. Estas prácticas eran centrales en la vida religiosa de su tiempo y siguen siendo centrales hoy. Sin embargo, Jesús advierte fuertemente contra el convertir estas prácticas santas en ocasiones para exhibirse o buscar admiración pública. «…no lo anuncies con trompeta» cuando des limosna. «…entra en tu cuarto…y ora ante tu Padre». «…cuan-do ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara». A Dios no le impresionan las apariencias; Él mira la intención del corazón.
El profeta Joel hace eco de este mismo llamado:
«Vuélvanse al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia.».
El pecado echa raíces cuando el corazón resiste la acción del Espíritu de Dios. La santidad crece cuando el corazón acoge la gracia. La limosna se vuelve auténtica cuando el corazón da con generosidad. La oración se vuelve real cuando el corazón busca la comunión con Dios. El ayuno se vuelve significativo cuando el corazón renuncia de buen grado. Cuando nuestras intenciones son sinceras, ya no buscamos reconocimiento ni elogios; nuestra fe se vuelve silenciosa, humilde y profundamente enraizada en Dios.
Estas tres prácticas también reflejan las tres dimensiones del amor: la oración profundiza nuestro amor a Dios, la limosna fortalece nuestro amor a los demás y el ayuno renueva nuestro respeto por nosotros mismos y nuestro llamado a la santidad. La Cuaresma nos ofrece estas semanas sagradas para formar buenos hábitos y romper los dañinos, para crecer en virtud y arrancar los vicios. Como nos urge san Pablo: «les pedimos que se dejen reconciliar con Dios.». Que este tiempo de Cuaresma nos renueve y nos conduzca a la santidad.
Que esta sea nuestra oración:
«Señor, concédeme el don de la humildad, para que pueda hacer el bien sin buscar reconocimiento».





