El ayuno, al igual que una comida, puede reunirnos.
Recuerdo que, al inicio de mi carrera laboral, no tenía mucho dinero y me costaba pagar las cuentas, llenar el tanque de gasolina y comprar alimentos. En cierto momento, compré un trozo de carne para guisar e hice un estofado.
Fue una cena deliciosa la primera noche y también la segunda.
Para el quinto día, ya estaba perdiendo su atractivo, y no ayudaba que también lo estuviera comiendo para el almuerzo.

El ayuno no se trata tanto de sacrificio como de recordar cómo se sentía la experiencia de la carencia. Puede acercarnos a los demás al experimentar, aunque sea de manera limitada, la situación de los marginados y de los pobres.




