Aún recuerdo mi lata vacía de dulces “Cadbury Roses”.
Era una parte esencial de mi camino cuaresmal durante mi juventud. Habiendo renunciado a los dulces durante la Cuaresma, ¡tampoco los regalaba! En lugar de consumir los dulces, guardaba lo que me hubieran costado en esa lata vacía para disfrutarlos en un festín de Pascua.

Esta práctica era una fuente de motivación para mí, pero también una ocasión de pecado para mis hermanos, que a menudo asaltaban mi lata y me robaban parte de mi precioso tesoro.
Recuerdo esos días con alegría, pero a veces me pregunto si y cómo ha evolucionado mi práctica del ayuno. Creo que muchos de nosotros adultos seguimos nuestro camino de fe con las prácticas de la infancia en la mochila.
Incluso la Iglesia ha faltado evolucionar y madurar la práctica de ayuno. Se considera que cumplimos con los viernes de Cuaresma cuando dejamos la hamburguesa de carne y la cambiamos por salmón o langosta, lo cual no es precisamente un sacrificio para quienes nos gusta comer pescado.
Entonces, ¿qué pienso hoy sobre el ayuno? Lo veo como una peregrinación. Una peregrinación es, esencialmente, un proceso de desplazamiento en el que el destino, sea un santuario o lugar sagrado, es en realidad secundario. Lo importante es el camino.
Ninguna peregrinación expresa esto tan bien como el Camino a Santiago de Compostela. La riqueza se encuentra en la reflexión propia o compartida y en las conversaciones con los compañeros de viaje. Y estas peregrinaciones no son maratones. Podemos hacer una pausa, detenernos un día, incluso tomar un pequeño desvío.
Es el hecho de salir físicamente de nuestros lugares habituales de trabajo y de vida lo que permite experimentar nuevas ideas, personas y vivencias, que a su vez permiten que el Espíritu toque nuestros corazones.
El ayuno es simplemente otra manera de darle al Espíritu acceso a nuestros corazones.
He dejado atrás la noción infantil del ayuno como una tarea que hay que cumplir. Mi pregunta ahora es: ¿de qué actividad o cosa puedo abstenerme? Debe ser algo lo suficientemente importante para mí que, cuando me sienta atraído a ello y conscientemente me abstenga, mi atracción se desviará hacia Dios? ¡Esto es vital! Cuando nos saciamos conscientemente con lo físico, se reduce el espacio para la presencia divina en nuestra vida.
Por eso, ahora ayuno del ayuno. Ya no me permito obsesionarme con el “qué” o con la fidelidad a la disciplina; incluso romper el ayuno puede ser algo positivo si vuelve a centrar mi atención en Dios y en la presencia de la obra del Espíritu en mi vida.
Así que los invito a elegir una actividad o un bien que normalmente disfrutan y, durante estos cuarenta días, dejarlo a un lado. Permítanse experimentar un nivel saludable de desplazamiento y dejen que el Espíritu llene ese espacio.




