Todos Somos Mendigos y Damos Limosna

El p. Bill Murphy, CP, nos explica cómo la auténtica limosna brota de amor, humildad y el poder transformador de la cruz.

¿Qué hace que un regalo sea verdaderamente significativo?

En esta reflexión, el P. Bill Murphy, CP, comparte una historia de su ministerio en Honduras y nos muestra cómo incluso un pequeño gesto de generosidad puede convertirse en una profunda expresión de amor y unidad. A través del ejemplo del Padre Ovidio y de las palabras tan elocuentes del Papa Francisco, somos invitados a pensar en una limosna no como una caridad ejercida desde la distancia, sino como una participación en el misterio de la cruz.

Todos somos mendigos. Todos somos dadores de limosna. Y en la cruz de Cristo encontramos el tesoro del cual brota todo don verdadero.

Esta meditación nos invita a reflexionar sobre la humildad, el privilegio, la sanación y el poder transformador del amor de Cristo.

Transcripción (Español)

Una lección en Honduras

El escenario de mi historia sobre la limosna es Honduras. Mientras servíamos allí como Pasionistas, no éramos pobres como las personas a quienes acompañábamos en nuestro ministerio. Procurábamos vivir con sencillez, pero éramos privilegiados. Y el privilegio puede dificultar el llegar a ser verdaderamente uno con el otro.

Trabajé junto a un sacerdote llamado Padre Ovidio, un hombre muy humilde y muy pobre. Juntos viajábamos fuera de la ciudad, hacia pequeñas iglesias en las periferias, en el campo, entre comunidades campesinas. Las casas eran sencillas, los caminos de tierra, y la gente vivía con muy poco.

El regalo de un dólar

Recuerdo a las mujeres ancianas que se acercaban a saludarlo. Venían con las manos extendidas, pidiendo limosna. El Padre Ovidio se acercaba sonriendo y les decía: «Abuela, ¿dónde te habías metido? Te he estado buscando por todas partes». Y juntos compartían una risa y un momento de alegría.

Nunca las rechazaba. Siempre llevaba algo pequeño en el bolsillo para dar, muchas veces apenas un dólar. No era la cantidad lo que importaba. Ellas sabían que eran queridas. Sabían que eran vistas.

Lo que él me enseñó fue que incluso un pequeño don, ofrecido desde el corazón, es un tesoro. Él las conocía, las amaba, y era verdaderamente uno con ellas.

La cruz como nuestra limosna

Hace dos veranos, el Papa Francisco visitó Canadá y se reunió con los pueblos de las Primeras Naciones. Fue para ofrecer una disculpa por los profundos agravios cometidos durante muchos años. Fue ofrecer una verdadera limosna de su corazón.

Dijo: «Jesús no nos ofrece palabras bonitas ni buenas intenciones, sino la cruz. Ante las experiencias traumáticas que ningún consuelo humano puede sanar, debemos elevar la mirada hacia Jesús crucificado. Es precisamente en el árbol de la cruz donde el dolor se transforma en amor, la muerte en vida, la decepción en esperanza, el abandono en comunión y la distancia en unidad. La sanación es un don que brota del Señor crucificado, una gracia que debe ser buscada».

Podríamos decir también que es una limosna que debe ser pedida.

Aun con nuestros privilegios, tú y yo somos mendigos. Y también somos quienes dan limosna, participando en el misterio de la cruz, en la cual nos gloriamos. Allí encontramos nuestro cofre del tesoro, del que recibimos la limosna que estamos llamados a compartir.

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