
Reflexión
Comenzamos nuestra Cuaresma con un llamado: «Vuelvan a mí con todo su corazón». (Lectura del Miércoles de Ceniza, Joel 2:12). Como profeta, Joel enfatiza lo más importante: qué y quién llevamos en nuestros corazones. La Cuaresma es una estación para que nuestros corazones se vuelvan al amor a Dios, a nuestros semejantes y a toda la creación, sin excepción.
Las lecturas de hoy expresan ese amor incondicional y expansivo. En la primera lectura, el profeta Daniel no ora por sí mismo, sino por su pueblo que se ha extraviado. Daniel no escatima en alabanzas ni súplicas. Se entrega por completo a Dios y a su pueblo. En el Evangelio de hoy, Jesús nos desafía a la misericordia y al perdón. Literalmente nos pide amar «sin medida», un amor desbordante.
Al comienzo de la Cuaresma, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos pidieron que nuestros corazones fueran mas sensibles al escuchar el clamor de los pobres y el clamor de la Tierra. Dijeron: «Cada uno de nosotros debe tomar decisiones diarias que reflejen nuestra conversión a un mejor cuidado de la creación de Dios y de las personas, comunidades y medios de vida que están interconectados». Los obispos presentaron una lista para realizar estas opciones; estas son algunas:
- Las familias y las personas pueden comprar productos de empresas que priorizan el cuidado de la creación; y consideran fuentes de energía renovables para sus hogares.
- Los líderes empresariales pueden trabajar para aumentar la sostenibilidad; y garantizar la justicia hacia los trabajadores y las comunidades en las zonas aledañas a sus operaciones.
- Las parroquias pueden crear espacios para la oración en la naturaleza, ofrecer peregrinaciones y celebrar una misa para el cuidado de la creación.
- Las comunidades religiosas pueden promover la aplicación de prácticas de inversión socialmente responsable, que buscan alinear las inversiones con los valores de la doctrina social católica, incluyendo el cuidado de la creación.
Esta Cuaresma oramos por la gracia de la entrega plena, por un corazón abierto, bondadoso y generoso que abrace a Dios, a nuestros semejantes y a toda la creación.

Lo pedimos en el nombre de Jesús, el Sagrado Corazón, cuyo abrazo acoge con ternura toda vida.





