Escritura Diaria, 6 de Abril 2026

Quizás hoy puedas encontrar un rincón tranquilo para estar en presencia de Dios y experimentar el Espíritu vivo en ti y a tu alrededor.

Reflexión

La emoción con la que Pedro se dirigió a la multitud de judíos en Jerusalén, tras Pentecostés, resultó contagiosa. A raíz del contundente discurso de la primera lectura de hoy, muchos se dejaron convencer por su entusiasmo y se unieron a los apóstoles para seguir a Cristo.

La mayoría de nosotros ha vivido momentos emocionantes similares en los que nos hemos visto transformados por una experiencia espiritual. Tal vez no siempre haya sido tras una homilía vibrante como la de Pedro. Lo más probable es que haya sido un momento muy personal: el nacimiento de un hijo, una canción que tocó fibras profundas, un momento de gracia en el que una mujer pobre nos sonríe con gratitud por una limosna, una mano gentil en un momento de miedo o dolor, o la lectura de las palabras proféticas del papa León, del papa Francisco, de san Óscar Romero, de la hermana Thea Bowman o de Dorothy Day.

En cada una de estas ocasiones, algo en tu interior te hizo saber que lo Divino estaba presente.

Pero cada uno de nosotros también ha experimentado periodos de ausencia de Dios. Quizás una etapa de aridez en la oración diaria que parecía no tener fin, o la sensación de estar absolutamente solo y abrumado por el miedo. El gran místico español y fraile carmelita del siglo XVI, San Juan de la Cruz, denominó a tal momento «la noche oscura del alma».

Son estos los momentos en los que no tenemos a dónde más volvernos, salvo hacia abajo —de rodillas—, para clamar a Dios pidiendo ayuda.

La oscuridad puede ser una ocasión para que Dios atraviese nuestra coraza de autosuficiencia e independencia. El salmo de hoy resulta reconfortante:

«Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, y con él a mi lado, jamás tropezaré.».

El Espíritu Santo nos infundirá aquello que necesitamos, pero, por lo general, solo cuando lo necesitemos, y no antes.

En nuestro mundo ajetreado y lleno de distracciones, resulta muy fácil esforzarse por tenerlo todo y llegar a ser todo lo que podemos ser. Nos vemos asaltados por noticias, anuncios, opciones de entretenimiento, deportes y la expectativa de no querer perdernos oportunidades ni ocasiones de estar al tanto de todo. Es un torbellino de estímulos y distracciones que puede dejar a uno sintiéndose inadecuado y vacío.

El autor de los Hechos describe Pentecostés con los sonidos dramáticos del viento, de diversas lenguas y del fuego. El autor quiso captar nuestra atención, centrándola en el dramatismo del momento. En efecto, se trata de un acontecimiento que altera el curso de la historia: aquel en el que el Dios Todopoderoso —quien creó el vasto universo, así como cada una de las células de nuestros cuerpos artísticamente diseñados— nos infunde todos los dones que necesitamos para vivir vidas plenas y auténticas, rebosantes de creatividad y amor.

Pero, con mayor frecuencia, no experimentamos a Dios con dramatismo ni a través de las poderosas palabras de Pedro. En cambio, si prestamos atención, encontraremos a Dios en el tierno cuidado con que una enfermera atiende una herida, en el brillo de los ojos de un bebé, en unos jóvenes enamorados riendo en un banco del parque, en la tolerancia de nuestros padres ante nuestros errores, en un compañero de trabajo que escucha nuestras decepciones, o en las palabras de aliento del Papa, quien señala formas sencillas de vivir sin violencia ni odio.

Estas pequeñas experiencias cotidianas pueden sacarnos de nuestra oscuridad. Podemos sentirnos atraídos hacia el amor y hallar una alegría serena. Estos momentos son nuestros mini-Pentecostés de la vida diaria.

Quizás hoy puedas encontrar un rincón tranquilo para estar en presencia de Dios y experimentar el Espíritu vivo en ti y a tu alrededor.

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