
Reflexión
La conversión de Saulo de Tarso es, verdaderamente, una de las historias más impactantes del Nuevo Testamento. En tan solo 20 versículos, vemos a un hombre tan profundamente transformado por un encuentro con Jesús que pasa de buscar dar muerte a los cristianos a predicar para convertir a los judíos. Sin embargo, el cambio no fue inmediato. San Lucas relata que, tras su experiencia con Jesús, Saulo permaneció ciego durante tres días. Cuando buscamos tener encuentros con el Señor, solemos desear que Él nos dé respuestas inmediatas y claras a nuestras preguntas. No obstante, al igual que ocurrió con Saulo, el Señor puede privarnos de esa claridad durante un tiempo. Al hacerlo, nos pide que confiemos en Él y estemos dispuestos a caminar por fe, y no por vista (2 Cor 5:7).
Mientras Saulo espera en la oscuridad, el Señor está obrando, llamando a Ananías para que vaya a su encuentro. Jesús reclama a Saulo como alguien elegido para una gran misión, pero también revela que Saulo sufrirá por Su nombre. En Su gran misericordia, Jesús no desea que el hombre que se convertirá en en apóstol San Pablo inicie su difícil camino en oscuridad y solo; por eso el Señor envía a un hermano para guiarlo hacia el Espíritu Santo.
Si nos sentimos ciegos e inciertos incluso después de haber encontrado al Señor en la oración, recordemos la historia de la conversión de Saulo. Aquello que percibimos como oscuridad y confusión podría ser lo que el Señor está permitiendo para prepararnos a recibir la ayuda que necesitamos para el importante camino que Él ha planeado.





