Fiesta de la Presentación del Señor

Meditación
Cuando celebramos un bautismo de un bebé en mi parroquia, siempre es una ocasión llena de alegría. Me encanta observar a los padres, abuelos, la familia extendida y a toda la comunidad parroquial dando la bienvenida al bebé, este nuevo miembro de nuestra comunidad.
¡Y también hubo alegría cuando María y José llevaron a Jesús al templo de Jerusalén! Fueron a cumplir los rituales judíos tradicionales que se realizan después del nacimiento de un niño, para presentarlo a Dios. En el evangelio de hoy escuchamos que Simeón, un anciano descrito como justo y piadoso, fue movido por el Espíritu Santo a ir al atrio del templo cuando Jesús estaba allí. Tomó a Jesús en sus brazos, lo bendijo y, lleno de gozo, alabó a Dios, profetizando que Jesús es la encarnación viva de la consolación y la redención de Dios. Luego se acerca otra persona anciana, la profetisa Ana, una viuda que “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones”. Ella también alaba a Dios con alegría por el don de Jesús para este mundo.
Gracias a la íntima unión de Simeón y Ana con Dios, reconocieron a Jesús cuando se encontraron con él. En su muy apreciado libro “Los profetas,” el rabino Abraham Heschel describe la relación del profeta con Dios de este modo:
«El Dios de los profetas no es el “Totalmente Otro,” un ser extraño y misterioso, envuelto en una oscuridad insondable, sino el Dios de la alianza, cuya voluntad conocen y están llamados a comunicar. El Dios que proclaman no es “el Lejano,” sino Aquel que está comprometido con nosotros, cercano y atento».
Los profetas ven la realidad como Dios la ve, y aman como Dios ama: con cercanía, compromiso y cuidado. Es como si hubieran podido asomarse al mismo corazón de Dios; y después de haber vivido esa experiencia, no pueden guardar silencio, aun cuando sus palabras lleven a que otros los consideren ingenuos, desequilibrados, exagerados o poco prácticos. Porque desafían a cada persona a mirar el panorama completo, y porque con frecuencia cuestionan las normas de la cultura dominante, los profetas sufren algo más que simples malentendidos. Como bien sabemos, a veces son perseguidos e incluso pierden la vida.
Hoy pedimos al Espíritu Santo el don de la profecía, para que, como Simeón y Ana, sepamos reconocer a Jesús cuando se nos presenta: en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida y de nuestro mundo. Oramos para tener ojos que vean y corazones que comprendan los signos de nuestro tiempo como Dios los ve. Oramos también por la valentía de alzar la voz y actuar proféticamente cuando nos encontramos con injusticias que hieren el corazón de Dios.





