Escritura Diaria, 12 Febrero 2026

Jesús siempre estará con nosotros si somos fieles y confiamos en su amor y misericordia infinita.

Reflexión

En la lectura del evangelio de hoy, Jesús llega a la región de Tiro, en la costa oriental del mar Mediterráneo. Él y sus discípulos acababan de viajar aproximadamente un día desde Genesaret, en la costa noroeste del mar de Galilea. Parece estar exhausto, y con razón. En los versículos anteriores del evangelio de Marcos, había alimentado a los cinco mil con panes y peces, calmado el mar Mediterráneo agitado mientras los discípulos cruzaban a media noche, y sanado a multitudes en Genesaret, donde la gente lo reconoció de inmediato y congregaban por toda la región para llevar a los enfermos en camillas a donde escuchaban que él estaba. Como leímos en el pasaje del evangelio de ayer, también había reprendido a los fariseos después de que criticaran a algunos de sus discípulos por comer con las manos sin lavar, insistiendo en que: «Nada de lo que entra de fuera puede contaminar a la persona; lo que sale de dentro es lo que la contamina».

Ahora es tiempo de un poco de descanso y recreación con sus amigos en el hermoso balneario de Tiro. Entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar desapercibido. Enseguida una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro oyó hablar de él. Vino y se postró a sus pies.

Era una pagana, griega, sirofenicia de nacimiento. ¿Qué hacer? ¿Despacharla, porque quería descansar? Por supuesto que no. Pero pone a prueba la fede la mujer. Una vez que comprende la razón de su visita, le dice: “Deja que primero se sacien los hijos” (refiriéndose al pueblo elegido). “Porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros” (refiriéndose a los no creyentes). Sin embargo, en un acto decidido de fe, ella le recuerda: “Señor, también los perros debajo de la mesa comen las migajas de los hijos”. Por supuesto, Jesús responde a su fe con amor: “Por lo que has dicho, puedes irte. El demonio ha salido de tu hija”.

¿Nos damos cuenta de que, como aquella madre desesperada, Jesús nunca nos rechazará si nuestra fe es tan fuerte como la de ella, o como la de la mujer que padecía hemorragias y se acercó a tocar su manto? A causa de nuestras debilidades humanas y de las distracciones y tentaciones desafiantes a las que con frecuencia sucumbimos, somos, comprensiblemente, un pueblo indigno, como los perros a los que Jesús se refiere en su reproche a la mujer. No merecemos lo que Dios nos ha bendecido. Pero la mujer sirofenicia, una completa desconocida, nos recuerda que, sin importar nuestra condición en la vida, Dios no nos rechazará. Simplemente necesitamos tener la fe de quienes nos precedieron para ser sanados y salvados.

Quizás durante la próxima temporada de Cuaresma podamos tomarnos un tiempo para reflexionar sobre la fe de la madre con la hija poseída por el maligno espiritu, así como sobre los muchos otros hombres y mujeres de fe que Jesús encuentra en su ministerio y a quienes sana de sus quebrantos y enfermedades. Jesús siempre estará con nosotros si somos fieles y confiamos en su amor y misericordia infinita. Su pasión y muerte son prueba suficiente de que responderá con amor a todas nuestras necesidades, incluso si interrumpimos su tan necesario descanso con sus discípulos en Tiro.

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