
Reflexión
¿Grandeza? Es Amor y Servicio
Continuamos nuestro camino cuaresmal con una enseñanza de Jesús sobre lo que significa amar de verdad. Y, como sabemos desde los fundamentos de nuestra fe, Jesús respaldó sus palabras con sus obras, ¡hasta el punto de derramar la sangre de su vida en la cruz del Calvario!
La lectura del Evangelio de Mateo comienza con las palabras de Jesús prediciendo su sufrimiento y muerte en la cruz… un mensaje directo y sombrío que debió conmocionar profundamente a los apóstoles que caminaban con él a Jerusalén. Mientras se desarrolla esta grave escena, la madre de los hermanos discípulos, Santiago y Juan, se acerca a Jesús y le pide que sus dos hijos algún día ocupen un lugar de honor en el Reino de Jesús. Ante las preguntas de Jesús, Santiago y Juan afirman que pueden “beber el cáliz” (es decir, el amor sufriente) de Jesús, y Jesús responde que ellos y todos sus seguidores están llamados al servicio generoso sin la garantía de ninguna recompensa particular. El amor y el servicio desinteresados son parte integral del Reino de Dios, tal como lo proclamó y testificó Jesús. “…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” Sí, Jesús es el Siervo Sufriente.
Sabemos que no suele ser fácil darnos a los demás sin al menos alguna esperanza de reconocimiento. Los padres suelen darse cuenta de que la vida y la energía que dedican con amor a sus hijos a menudo se topan con la indiferencia de los niños, que gran parte de la vida se da por sentado. De igual manera, cuidar cariñosamente a familiares o amigos ancianos o necesitados puede ser recibido con ingratitud, a veces incluso con hostilidad emocional o verbal. Los líderes, tanto en el ámbito espiritual como en el civil, pueden enfrentar sospechas, rechazo e incluso hostilidad, como le ocurrió a Jeremías en la primera lectura de las Escrituras de hoy.
Por muy desafiante que sea el servicio y el amor desinteresado, ese amor y servicio desinteresado es exactamente lo que Jesús nos pide a todos.

Jesús nos enseña que la grandeza proviene del servicio desinteresado a los demás sin pensar en recompensas.
La disciplina de la Cuaresma nos anima a mirar la Cruz de Jesús como nuestra motivación personal para abrazar la vida en su plenitud, especialmente las experiencias más desafiantes. Jesús nos invita a seguir su ejemplo al “beber su cáliz…”
Que nuestra disciplina cuaresmal de oración, penitencia y sacrificio/limosna nos ayude a formarnos como discípulos de Jesús del siglo XXI, entregándonos libremente al servicio de Dios y del prójimo. Que Jesús Crucificado siga inspirándonos a una vida de humildad, generosidad y gozosa entrega a nuestros hermanos y hermanas. ¡Sí, la grandeza reside en el servicio!





