
Reflexión
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. Llamó a uno de los muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo. El hijo mayor se enojó y no quiso entrar.
-Lucas 15: 25-28
“Oh, Señor, no soy digno de que vengas a mí…” (Himno Gregoriano) cantaba con el alumnado mientras me dirigía a comulgar.
Tenía diez años y asistía a misa con mi clase, como solíamos hacer en los años cincuenta. Mientras caminaba, me invadió la sensación de que, de alguna manera, la vida tal como la conocía estaba a punto de cambiar. Más tarde, en la clase, haciendo fila para ir a casa a comer, la Hermana me dijo que fuera directo a casa. Me pareció un poco extraño. Nunca había dicho algo así, ¿y adónde más iba a ir? Al llegar a la esquina con mi hermano gemelo y unos amigos, uno de ellos me señaló que había un coche fúnebre aparcado frente a mi casa. Mi hermano Dave y yo salimos corriendo y llegamos justo a tiempo para ver que sacaban los restos de nuestra madre en una bolsa de lona y una camilla. Tres de nuestras tías estaban en lo alto de las escaleras, extendiendo las manos hacia nosotros. Los ignoré y eché a correr, no sé adónde, pero seguí corriendo durante los siguientes treinta y cinco años. Estaba furioso y más que furioso. ¿Por qué me iba tan mal? Todos mis amigos aún tenían a sus madres en casa cuidándolos.
Hoy me doy cuenta de que la ira fue la raíz de un resentimiento que cargué durante los siguientes treinta y cinco años. No expresé esa ira por violencia contra los demás, sino atacándome a mi mismo, creyendo que Dios no podía amarme. Si Dios me hubiera amado, jamás habría permitido que eso nos pasara a mí ni a mi madre. Debo de tener un defecto fatal. A los cuarenta y cinco años aprendí como cambiar esa actitud, pero solo gracias al apoyo amoroso de un confesor/padrino, un terapeuta y una familia y comunidad que me apoyaron. Aprendí que estar enojado me lastimaba a mi mismo, aunque tuve el don de mi madre por diez años, y que nunca, ni por un solo día de mi vida, me faltó el cuidado y el apoyo amoroso. Hoy día hay quienes me aman y cuidan por mi; yo también puedo amar y cuidar por los demás.
¿Cómo puedo agradecerte un regalo como este, un regalo que verdaderamente llena mi alma de dicha celestial?…la última estrofa del himno anterior.
Dios, ayúdame a dar el salto de fe para que, a pesar de todas las cosas locas que suceden en mi vida y en la vida del mundo que me rodea, yo crea que Tú estás al mando y que todo estará bien.





