Escritura Diaria, 2 de Abril 2026

Pedro pensó que Jesús se estaba rebajando; en realidad, se estaba humillando a sí mismo, algo que todo siervo debe hacer.

Reflexión

«Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo.»

(Juan 13:13-15, Biblia Latinoamericana)

Nuestra parroquia, situada en el este de Detroit, es más pequeña y más pobre que la mayoría de las iglesias católicas de la ciudad, pues recientemente habíamos perdido a más de la mitad de nuestros feligreses, quienes se habían trasladado a los suburbios ubicados justo al norte de nosotros. Así que cuando un feligrés, Joe, se presentó ante el Consejo Parroquial y nos desafió a acoger a 100 hombres, mujeres y niños en el gimnasio de nuestra escuela primaria durante la Semana Santa, su propuesta fue recibida con escepticismo. Joe explicó que el albergue rotatorio de Detroit tenía dificultades para encontrar una comunidad dispuesta a alojar y alimentar a las personas sin hogar durante la semana antes de la Pascua, lo que habría condenado a estas personas a terminar en las calles. Tras deliberar, orar y con mucha inquietud, dijimos que «sí».

Para optimizar los recursos, pedimos a otras parroquias que se encargaran de la cena. Entonces, a Joe se le ocurrió otro desafío que involucraría de mejor manera a nuestros propios feligreses: ¿por qué no celebrar la tradicional cena comunitaria de Jueves Santo de nuestra parroquia en el gimnasio, junto con nuestros invitados? Y así lo hicimos. Tras compartir la cena comunitaria, la mayoría de nuestros invitados aceptaron también nuestra invitación a participar en la liturgia de Jueves Santo en la iglesia.

En lugar de designar de antemano a unas pocas personas, nuestro pastor abrió el lavatorio de pies a todos. Muchos de nuestros invitados se acercaron y se sentaron en las sillas frente al altar, junto a nuestros feligreses. Después de que les lavaran los pies, insistieron en lavar los pies de quienes se los habían lavado a ellos, incluidos el pastor y yo, el asociado pastoral. ¡Tuvimos que conseguir más agua y más toallas! Estábamos «lavándonos los pies unos a otros», tal como Jesús nos enseñó a hacer.

En el Evangelio de hoy, es probable que Pedro hablara en nombre de todos los discípulos cuando se opuso a que Jesús se postrara en el suelo y utilizara sus manos para lavar los pies de cada uno.

En aquellos tiempos, lavar los pies era tarea de esclavos —y, en ocasiones, de mujeres y niños—, pero nunca de hombres adultos y libres. Pedro pensó que Jesús se estaba rebajando; en realidad, se estaba humillando a sí mismo, algo que todo siervo debe hacer.

Para nuestra parroquia, esta intensa experiencia de servicio durante la Semana Santa supuso un punto de inflexión: el momento en que, con humildad, nos volvimos a consagrar al servicio, no solo entre nosotros, sino también con nuestro vecindario. Nos preocupamos menos por nuestra propia supervivencia y y más por nuestra capacidad de servir.

Y durante muchos años después de aquello, recibimos a nuestros huéspedes del albergue rotatorio la tarde del Domingo de Ramos y nos despedimos de ellos tras un gran desayuno la mañana del Domingo de Pascua. — Y el Jueves Santo, nos lavamos los pies unos a otros.

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