
Reflexión
El Leccionario Pascual nos da la bienvenida
San Efrén (f. 373), llamado «la Lira del Espíritu Santo» debido a la belleza de sus escritos, poseía una habilidad extraordinaria para interpretar las Escrituras. Con amor y reverencia hacia la Sagrada Escritura, escribió: «Consejos sobre el estudio de la Sagrada Escritura». Permítanme parafrasear una parte:
La Palabra de Dios es un Árbol de la vida… es como aquella roca que se abrió en el desierto y de la cual brotó una bebida espiritual. El sediento se regocija al beber y no se desanima por no poder agotar la fuente. Deja que la fuente sacie tu sed. Si tu sed queda saciada y la fuente no se agota, podrás beber de ella nuevamente cada vez que tengas sed. Agradece lo que has recibido y no te quejes por la abundancia que queda atrás. Lo que has recibido es tu parte; lo que permanece es tu herencia. No tengas la presunción de intentar abarcar de un solo trago aquello que no puede abarcarse de una sola vez, y no abandones por pereza aquello que solo puede asimilarse poco a poco.
La fuente de las Escrituras brota con frescura en estos días de Pascua; en el leccionario pascual, la abundancia de su tesoro se nos abre de par en par.
Un amigo, imbuido del espíritu de Efrén, explora en su poema «Ocupación» cómo somos servidores del pozo de la Escritura y, a su vez, seremos servidos por ella.
Sé un aguador, corriendo de un lado a otro desde el pozo… una y otra vez: del pozo a la mesa, de la mesa al pozo, del manantial al altar, del altar al manantial; confiado en que la fuente jamás se secará, que la presencia de Jesús nunca se apartará, que la necesidad de aún más agua entre los hombres en el exilio nunca cesará, hasta que el Esposo venga por Su Esposa; y entonces —¡oh, entonces!— ya no beberemos, ni tendremos sed, ni siquiera recordaremos qué pudieron haber sido el agua o la sequedad; pues entonces seremos, simplemente, uno en perfecta unidad: gotas perfectas e individuales —indistinguibles entre sí— de agua viva, que la eternidad vierte incesantemente sobre sí misma, dentro de sí misma y en su propio interior.
En el Evangelio de Lucas vemos a Jesús como un profeta. En la Transfiguración, Moisés y Elías se unen a él y hablan de su partida, la cual habría de tener lugar en Jerusalén. A medida que el Evangelio de Lucas se acerca a su final, Jesús dice a sus discípulos: «Yo enviaré sobre ustedes lo que mi Padre ha prometido. Permanezcan aquí en la ciudad hasta que hayan sido revestidos de poder desde lo alto». Escuchamos el acto final de Jesús, el profeta: él les transmitirá el don del Espíritu. Lo que ha sido anunciado por medio de los profetas está por cumplirse. Así como Moisés impuso las manos sobre Josué y este se llenó del espíritu de sabiduría, así también el Espíritu descenderá sobre los seguidores de Jesús. Y así como Elías otorgó una doble porción del Espíritu a su discípulo Eliseo, así también los discípulos saldrán a realizar signos y prodigios aún mayores en el nombre de Jesús, para ser testigos de Dios.





