Escritura Diaria, 15 de Abril 2026

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. —Juan 3:16 (Leccionario USCCB)

Reflexión

Un gentil se acercó al gran rabino Hillel y lo desafió: «Enséñame la Torá mientras permanezco de pie sobre un solo pie». Hillel respondió: «Aquello que odias, no se lo hagas a los demás. Esa es toda la Torá. El resto es simplemente explicación. Ve y apréndela». Hillel estaba parafraseando el mandamiento de amar al prójimo.

El evangelista Juan es hoy para nosotros lo que fue Hillel, al presentarnos aquí uno de los versículos más reconocibles del Nuevo Testamento:

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

—Juan 3:16 (Leccionario USCCB)

Este es el evangelio completo en pocas palabras.

Es tan popular y familiar que este pasaje —o su número de versículo, Juan 3:16— aparece estampado en camisetas y sudaderas. Se imprime en tazas de café, marcapáginas, pegatinas para el parachoques e incluso en el fondo de los envases de batidos de In-N-Out. Durante los partidos de fútbol americano y de béisbol, alguien —por lo general luciendo una extravagante peluca multicolor— agita un cartel para que todos lo vean. Y en él se lee: Juan 3:16.

Sin embargo, a pesar de todo este fervor bíblico, existe un problema. El pasaje ha sido despojado de sus anclajes contextuales. En consecuencia, su verdadero significado e impacto se han perdido, quedando a la deriva en un mar de sentimentalismo.

El pasaje trata, en efecto, sobre el amor de Dios por nosotros, por el mundo entero. Dios nos ama tanto que nos entregó a su Hijo. En eso no hay discusión.

La cuestión radica en la palabra «entregó». Juan, el evangelista, emplea aquí un juego de palabras poético; es decir, utiliza un término que posee tanto un significado literal como uno simbólico más profundo.

En griego, la palabra «entregó» es didomi. Puede significar, de manera totalmente literal, «dar» —como cuando Dios nos «dio» el regalo de su Hijo—; sin embargo, este término posee también otro significado, uno más profundo: significa asimismo «rendirse», «entregar» o «poner en manos de otro» —tal como Jesús fue entregado, rendido a los romanos para ser crucificado—.

El pasaje revela ahora un significado más profundo. Sí, Dios nos amó tanto que nos dio su mayor regalo: su Hijo. Pero significa aún más. Significa que Dios amó tanto al mundo que entregó su mayor regalo —su Hijo— a la maldad humana de la crucifixión. Este amor no es abstracto ni sentimental en exceso. Este amor, de tan alto precio, lo costaría todo: incluso la muerte en una cruz. En esto consiste la totalidad del Evangelio, resumido en una sola frase. Ahora nos corresponde a nosotros ir y aprenderlo.

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