Escritura Diaria, 16 de Abril 2026

«Como seguidores de Jesús desde hace mucho tiempo, ¿qué tan bien damos testimonio de su presencia en nuestras vidas?».

Reflexión

«Como seguidores de Jesús desde hace mucho tiempo, ¿qué tan bien damos testimonio de su presencia en nuestras vidas?».

Me doy cuenta de que esta es una pregunta muy personal, pero es importante que nos la planteemos de vez en cuando. Ciertamente, es una cuestión que las lecturas de hoy nos invitan a considerar. Tanto ayer como hoy, en nuestras lecturas de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas nos ha estado narrando una experiencia formativa de Pedro y los Apóstoles durante las primeras etapas de su predicación sobre Cristo tras la Resurrección. Si bien las experiencias de Pedro y los Apóstoles suelen ser angustiosas, San Lucas siempre incluye algunos detalles que hacen que el intimidante poder de las autoridades resulte mucho menos eficaz.

Ayer nos contó que los apóstoles fueron arrestados y encarcelados para impedirles predicar sobre Jesús. Por supuesto, en su relato incluye el episodio en el que un ángel acude por la noche para liberar a los apóstoles de la prisión. Los apóstoles no huyen, sino que regresan al Templo para continuar predicando acerca de Jesús. Cuando las autoridades —dispuestas a juzgarlos al día siguiente— ordenan a los guardias que les traigan a los apóstoles para el juicio, descubren que estos no se encuentran en la cárcel; han escapado. Mientras regañan duramente a los guardias por su incapacidad para retener a los prisioneros, las autoridades reciben la noticia de que los apóstoles no han huido, sino que se hallan en el Templo, hablando de Jesús a todo aquel que quiera escucharles. Las autoridades se enfurecen ante su incapacidad para controlar la situación.

Esta mañana, la historia continúa mientras Pedro y los apóstoles son arrestados una vez más y llevados ante los líderes judíos.

Lucas comenta que los soldados arrestan a los apóstoles «con suavidad», pues se sienten intimidados por las multitudes que escuchaban ávidamente a los apóstoles.

El diálogo entre el sumo sacerdote y Pedro es un clásico. El sumo sacerdote reprende a Pedro no solo por el contenido de su predicación, sino —lo que es aún peor— por atreverse a predicar sobre Cristo después de que se le había ordenado no hacerlo. Estoy seguro de que la respuesta de Pedro le causó una gran sorpresa. En lugar de dejarse intimidar por la posición de autoridad del sumo sacerdote y por su ira, Pedro afirma con firmeza que Jesús es el Hijo de Dios. Él hace recaer la responsabilidad de la ejecución de Jesús directamente sobre los hombros del Sanedrín. ¡Y concluye diciendo que deben predicar, pues han recibido de Dios el encargo de hacerlo!

Nuestra lectura de esta mañana concluye en este punto, con el comentario de que el sumo sacerdote y el Sanedrín reaccionaron con tal ira que quisieron dar muerte a Pedro y a los Apóstoles. ¡Tendremos que esperar hasta mañana para descubrir qué sucede a continuación!

Este relato de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un ejemplo bastante dramático de lo que puede significar ser testigo de Cristo. ¿Estás a la altura? ¿Sientes a veces temor de hablar sobre Cristo ante la oposición? ¿De qué maneras das testimonio de forma constante de la presencia de Jesús en tu vida? ¿Te sientes intimidado si quienes te rodean reaccionan con hostilidad o escepticismo? ¿Eres consciente de que tu llamado a dar testimonio de Cristo proviene de Dios?

Todas estas preguntas plantean cuestiones importantes para nosotros. Nos remiten a la primera pregunta con la que comenzamos: «Como seguidores de Jesús desde hace mucho tiempo, ¿qué tan bien damos testimonio de su presencia en nuestras vidas?». ¿Cuál es tu respuesta?

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