Escritura Diaria, 26 de Abril de 2026

Jesús vino para dar vida nueva en abundancia. Somos totalmente suyos y, a medida que sigamos reconociendo su voz, podamos seguirlo hacia nuestro hogar celestial.

Reflexión

Cuando yo era niña, recuerdo que mis padres siempre ponían mucho cuidado en asegurarse de que el portón de nuestro patio estuviera siempre cerrado con llave. Nadie podía entrar y yo —siendo una niña pequeña de tres años— no podía salir. Me era prohibido hablar con nadie a través del portón, sin importar lo que dijeran. El portón representaba seguridad y protección, brindando a mis padres la confianza por saber que ningún daño podría sobrevenirme desde fuera de aquel portón.

¿Y qué había fuera del portón? Recuerdo que mis padres me advertían sobre la gente mala que podía secuestrarme y hacerme daño. Cuando íbamos de compras, siempre tenía que ir de la mano de mi mamá o de mi papá; no podía hablar con desconocidos y, definitivamente, NO podía aceptar dulces de un extraño. A los tres años, tenía una noción muy concreta de lo que podía ser el peligro.

Hoy, en la lectura del Evangelio, Jesús se llama la puerta. Solo las personas bien intencionadas utilizarán la puerta; ellas no tendrían necesidad de saltarla ni de abrir un hueco en la cerca. Jesús es el guardián de la puerta y cuando la abre, llama a sus ovejas por nombre y las conduce, como grupo, a través de la puerta. La belleza de esto radica en que las ovejas son capaces de reconocer la voz de su pastor. No reconocen la voz de ningún otro.

Jesús vino para dar vida nueva en abundancia. Somos totalmente suyos y, a medida que sigamos reconociendo su voz, podamos seguirlo hacia nuestro hogar celestial.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *