Escritura Diaria, 10 Febrero 2026

Son los medios por los cuales somos alimentados para poder entrar en algo más profundo, que nos capacita para acoger al excluido, alimentar al hambriento, defender al indefenso, enfrentar la injusticia y vivir como vivió Jesús.

Reflexión

Facilito un grupo de apoyo para personas viudas. Varias de ellas me han compartido que les gusta visitar el lugar donde está enterrado su ser querido, no porque crean que su cónyuge fallecido esté presente allí, sino porque es una manifestación física del lugar donde descansa su cuerpo. También me dicen que el espíritu de su esposo o esposa los acompaña de muchas otras formas cada día. Que sea un panteón no es lo que privilegia el lugar; más bien, como un espacio silencioso y privado donde todas las emociones son acogidas, tiene el potencial de conducirlos hacia algo más profundo. El entorno les permite regresar a su vida cotidiana con mayor conciencia y una paz más honda.

De manera similar, Salomón declaró que el magnífico templo que había construido nunca podría albergar ni contener a Dios, ni ser el único lugar donde Dios se hace presente. Más bien, es un lugar donde las personas pueden entrar en una casa bella y sagrada para elevar sus oraciones y sentirse conectadas con Dios.

El templo en sí no es más que un símbolo, pero tiene el potencial de llevar a la comunidad de fe y a cada uno de sus miembros hacia algo más profundo, enriqueciendo su vida espiritual.

Jesús sentía lo mismo respecto a las leyes y tradiciones de la fe judía. Fue muy crítico con quienes hicieron de las leyes y las tradiciones más que un símbolo de la alianza, lo que los llevó a juzgar duramente a quienes no las cumplían “correctamente”. Las leyes y las tradiciones no son el fin último, aunque la práctica de obedecerlas tiene el potencial de conducir a las personas a una conciencia más profunda de la presencia de Dios en sus vidas.

Jesús mismo encaja también en este paradigma. Existe un peligro —y parece muy extendido en nuestros días— de adorar a Jesús (quien nunca pidió ni quiso ser adorado) en lugar de seguirlo fielmente (que sí fue lo que nos pidió). Con demasiada facilidad adoramos al mensajero, pero ignoramos el mensaje, sintiéndonos justificados por nuestras oraciones, nuestra asistencia a la Misa o nuestra obediencia a las leyes y tradiciones, más que por la forma en que vivimos como discípulos. La liturgia, la oración y la obediencia son importantes, sin duda, pero no son el cumplimiento del discipulado cristiano. Son los medios por los cuales somos alimentados para poder entrar en algo más profundo, que nos capacita para acoger al excluido, alimentar al hambriento, defender al indefenso, enfrentar la injusticia y vivir como vivió Jesús.

En esta semana que comienza, comprometámonos de nuevo tanto con el mensaje como con el mensajero, convirtiéndonos cada vez más en recipientes transparentes e instrumentos de la fuerza transformadora de Cristo.

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