
Reflexión
“Dime qué es lo que amas y te diré en qué te convertirás”. Esa frase resume bastante bien la primera lectura de hoy, tomada de la carta de Santiago, un pasaje que llega al corazón de lo que somos como seres humanos. Nuestras vidas están impulsadas por múltiples deseos, y deseamos aquello que creemos que nos completará, que aquietará nuestros corazones hambrientos e inquietos y que nos conducirá a la plenitud de la vida. Por eso Santiago escribe: “Que nadie, cuando sea tentado, diga: ‘Es Dios quien me tienta’”, porque Dios “no tienta a nadie”. Por el contrario, “cada uno es tentado cuando se deja arrastrar y seducir por sus propios deseos”.
Es una afirmación inquietante, porque nos recuerda que aquello que nos desvía del camino no es algo que un Dios tramposo arroja en nuestra vida para hacernos caer; más bien, son nuestros propios deseos los que nos perturban, nuestros amores desordenados los que nos destruyen. Como advierte con dureza Santiago: “Luego el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando madura, engendra la muerte”.
El pecado nace de deseos mal orientados que brotan de amores mal colocados. Esto no significa que las cosas que amamos sean malas, sino que muchas veces amamos cosas buenas de manera equivocada, dándoles un lugar en nuestra vida más alto del que les corresponde. Nuestra meta es “recibir la corona de la vida”, que consiste en estar con Dios y con los santos en el cielo. Sin embargo, el pecado “engendra la muerte” precisamente porque es una conducta que, poco a poco —acto tras acto—, nos va alejando de Dios, hasta el punto de que, en algunos casos, llegamos a vivir completamente distraídos de Él, como si Dios ni siquiera existiera. Eso es lo más opuesto posible a la “corona de la vida”.
“Dime qué es lo que amas y te diré en qué te convertirás”. En el fondo, todo es bastante sencillo.
Si amamos a Dios más que todo, y hacemos lo posible por convertirlo en el deseo principal de nuestro corazón, lejos de “engendrar muerte”, el amor nos conducirá a la alegría y a la vida, a la abundancia y la liberación, a la intimidad y la comunión para las que Dios nos creó desde el principio.






