Escritura Diaria, 14 de Marzo 2026

Ese tipo de vida tranquila y humilde no solo se siente mejor, sino que conduce a una exaltación bendita desde lo alto que es verdaderamente deliciosa, pacífica y duradera.

Reflexión

Leamos la última línea del Evangelio de hoy:

«…todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido’.»

-Lucas 18:14

Todos hemos conocido a personas con un ego enorme. Una vez le pregunté a un conocido muy engreído si prefería tener siempre la razón o ser siempre amable. Me miró con la mirada perdida y dijo: «No entiendo la pregunta».

Para los «enaltecidos», tener la razón suele ser su máxima prioridad. Pero perseguir el estatus es agotador. Sinceramente, ¿dónde está la paz en ser el que está en el pedestal? Estás atrapado en la exclusividad, pagando precios exorbitantes por el exhibicionismo y arriesgándote constantemente a pasar vergüenza por las extravagancias impulsadas por el ego. Nadie quiere ser el emperador que se pavonea pensando que se ve bien, solo para que todos noten que no lleva ropa. Como advierte el versículo, los exaltados serán humillados.

Por el contrario, hay una sorprendente libertad al elegir la humildad. No es solo una virtud; es una estrategia para la felicidad.

Al dejar de lado el estatus y la necesidad de compararnos constantemente con los demás, cambiamos el ruido del ego por una mente tranquila y satisfecha.

En lugar de luchar por tener la razón, nos volvemos curiosos. Podemos quedar atónitos ante lo brillantes que son los demás. Incluso adquirimos un superpoder: la capacidad de reducir la intensidad de los conflictos con respuestas humildes como: “Tienes razón. No lo había pensado así”.

Ese tipo de vida tranquila y humilde no solo se siente mejor, sino que conduce a una exaltación bendita desde lo alto que es verdaderamente deliciosa, pacífica y duradera.

“La verdadera humildad no es pensar menos de ti mismo, sino pensar menos en ti mismo”.

— C.S. Lewis

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