Algunas personas centran su oración principalmente en poner fin al aborto o en detener las guerras. Sin embargo, en un espacio más sereno de otras oraciónes, ¿habrá lugar para honrar y agradecer al padre soltero o la madre soltera que se levanta todos los dias para atender a su hijo; al hombre o la mujer sin hijos que han dedicado sus vidas a carreras que promueven los valores fundamentales de las personas o la sociedad; o a la persona que ha recorrido un camino distinto al que su familia y la sociedad esperaban?
Las cruces que las personas cargan rara vez son aquellas que imaginamos. Son el dolor silencioso de un padre cuyo hijo se ha alejado del hogar, la soledad de un abuelo que se siente olvidado, el hijo adulto que lleva consigo el dolor de un pasado cuestionando su propio mérito, los frágiles lazos de familias que se sostienen apenas por un hilo.
El amor firme e incondicional de Dios, revelado en la Pasión de Jesús —incluso mientras nos aferramos a la promesa de esperanza y paz que aún se despliega—: esto es el amor sufriente.
Cuando somos capaces de mirar a aquellos que no son como nosotros, reconocer sus heridas y atraerlos hacia nosotros con un amor que no mide ni juzga, tal vez entonces tocamos el amor sufriente que estamos llamados a encarnar. Ni más ni menos.
«La Pasión de Jesús es un mar de dolores, pero es también un océano de amor».
San Pablo de la Cruz




