El amor sufriente, en mi historia, no comenzó con un conflicto abierto, sino con una tensión silenciosa e inexpresada que perduró durante años.
Todos sabían que mi hermano era gay; nada estaba oculto y, sin embargo, nada se nombraba abiertamente. Lo amábamos incondicionalmente, y él permaneció presente en la vida parroquial, aun siendo consciente de cómo lo percibían algunos.
Cuando se casó —y miembros de la Iglesia que amábamos, algunos de los cuales incluso asistieron a la boda, le infligieron daño—, la herida pareció irreparable. El dolor no residía únicamente en lo que se dijo y se hizo, sino en la pérdida de una comunidad que, en otro tiempo, se había sentido como un hogar.
Las Escrituras ofrecen un lenguaje para este tipo de duelo: «si el que me odia se alzara en contra mía, me escondería de él; mas fuiste tú…mi familiar, mi amigo….» (Salmo 55:12-13–Biblia Latinoamericana)
Sin embargo, el sufrimiento aclaró algo.
Si bien ciertas relaciones se desvanecieron y revelaron ser condicionales, la pérdida más profunda fue la comunidad parroquial en su conjunto: el lugar que había moldeado nuestra fe y nuestro sentido de pertenencia. En medio de ese desmoronamiento, descubrimos también una verdad más firme: la familia no es negociable.
Al igual que Rut, de pie junto a Noemí, diciendo: «a donde tú vayas, iré yo» (Rut 1:16, Biblia Latinoamericana), elegimos permanecer junto a mi hermano, sin vergüenza ni vacilación.
Aquello que estaba destinado a fracturarnos, en cambio, nos refinó. Aprendimos que el amor inquebrantable a veces implica dejar ir a una comunidad que no sabe amar justamente, para así permanecer fieles los unos a los otros.





