
Reflexión
Si yo hubiera vivido en el mismo tiempo de Jesús y lo hubiera escuchado decir algunas de las cosas que relata Juan, me habría sumado a las voces cuestionadoras y escépticas. Al fin y al cabo, era solo un joven de Galilea que afirmaba haber existido antes que Abraham y conocer a Dios de un modo que ni siquiera los ancianos ni las autoridades religiosas conocían. Además, si lo que decía fuera cierto, lo cambiaría todo; incluso exigiría que aquellos que detentan el poder se inclinaran ante los demás y los sirvieran, en lugar de ocurrir lo contrario.
Sin embargo, en nuestros días, cuando leemos las afirmaciones de Jesús, no les damos mayor importancia; nos hemos acomodado tanto en nuestro cristianismo que apenas prestamos atención a tales declaraciones. Aun así, me pregunto si acaso nos encogemos de hombros con demasiada despreocupación, desestimando con excesiva facilidad sus afirmaciones y los desafíos que estas conllevan. Temo que la voz de Dios esté clamando a nuestro alrededor, mientras nosotros endurecemos nuestros corazones ante el mensaje. ¿Con qué seriedad creemos que Jesús es el Hijo de Dios, que ha existido desde antes del tiempo? ¿Y qué implica esto si realmente lo creemos?
¿Se ha convertido nuestro cristianismo más en un conjunto de creencias culturales y rituales familiares, en lugar de ser una entrega total a un Dios sobrenatural y eternamente vivo, a quien seguimos y adoramos por encima de todo lo demás?
Sé que, a veces, me sorprendo a mí mismo rehuyendo la palabra de Dios, pues sé que esta exige un cambio en mi vida. Renunciar al chocolate —como hacía cuando era niña— no se compara en absoluto con lo que Jesús me pide ahora. ¿Qué me impide renunciar a mis propios privilegios y a mi seguridad —física, económica y social— para ponerme al servicio de los demás? ¿Porqué no alzar la voz por aquellos que no la tienen, en lugar de arrojar piedras desde la comodidad de mi mullido sillón? ¿Qué me detiene de asumir el riesgo de denunciar las injusticias que ocurren hoy en día?
Estas son las preguntas de la Cuaresma, especialmente a medida que nos acercamos a la Pasión. Jesús clama en nuestras vidas. Dios llora al ver que nos alejamos tanto de la alianza divina. Cuando escuchamos la voz de Dios tratando de abrirse paso en nuestros corazones, en nuestras vidas, en nuestro mundo de hoy, caigo de rodillas temblorosas y rezo para que no endurezcamos nuestros corazones. Tomemos a Jesús en serio, reflexionemos cada vez con mayor profundidad sobre su misión y su mandato para con nosotros, y sigamos sus enseñanzas, aunque estas nos conduzcan a la cruz.




