
Reflexión
En el corazón del tiempo pascual, cuando proclamamos que la Vida ha vencido a la muerte, la Palabra de hoy nos confronta con una realidad que no nos es ajena: persecución, dispersión, dolor, y la aparente derrota de los justos. “Aquel día se desató una gran persecución…” (Hechos 8). Y sin embargo, la Iglesia no se apaga, se esparce. Donde hay herida, el Espíritu siembra misión.
Vivimos en un mundo que sigue crucificando: pueblos desplazados, comunidades fragmentadas, inocentes que sufren en silencio. Y, como en los primeros tiempos, pareciera que la injusticia tiene la última palabra. Pero la Pascua nos revela otra verdad más profunda: el amor no se detiene, se multiplica.
En medio de esta historia herida, Cristo se nos presenta con una certeza que sostiene el alma: “Yo soy el pan de vida… el que viene a mí no tendrá hambre.” (Juan 6). No es una promesa lejana, sino una presencia viva que nos sostiene en el caos, que nos alimenta en la incertidumbre, que nos llama a permanecer.
Como pasionistas, hacemos memoria de la Pasión no como derrota, sino como el lugar donde el amor se vuelve irrevocable. Allí donde el mundo ve fracaso, Dios revela fidelidad.
Hoy, la Pascua nos invita a reconocer que incluso en la dispersión, seguimos siendo enviados; incluso en el dolor, seguimos siendo sostenidos; incluso en la muerte, la Vida ya ha comenzado.
Porque Cristo no solo nos promete la vida eterna, sino que Él mismo es, hoy y siempre, nuestra esperanza viva.





