
Reflexión
Solemnidad de la Ascensión del Señor
Ascension
La obra de Jesús ha concluido; nuestra obra apenas ha comenzado. Esa podría ser la mejor manera de resumir la solemnidad que celebramos hoy: la Ascensión del Señor. La Ascensión de Jesús a los cielos es el glorioso acontecimiento culminante de su vida y ministerio, que significa que se ha cumplido su tiempo en la tierra; hay que regresar al Padre que lo envió. Pero la Ascensión no marca el fin de su misión, pues los discípulos no vuelven a las vidas que conocían antes de que Jesús los llamara, como si su tiempo con Jesús hubiera sido tan solo una breve —aunque memorable— interrupción en la trayectoria, por lo demás imperturbable, de sus vidas.

No; el día de hoy deja indiscutiblemente claro que aquello que Jesús comenzó debe continuar a través de sus discípulos, lo cual, por supuesto, nos incluye a todos nosotros. Es por ello que, en el Evangelio de hoy, cuando Jesús confiere a sus discípulos la «Gran Comisión» («Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones…»), debemos saber que esas palabras no están dirigidas únicamente a aquellos que presenciaron su Ascensión aquel día en Galilea, sino también a nosotros.
Esto resulta aún más evidente en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, escrita por el evangelista Lucas. Lucas relata que, tras haber resucitado de entre los muertos, Jesús dijo a sus apóstoles «pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza», para que así fueran «mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra». Mediante ese bautismo, quedarían tan impregnados de la vida y el poder del Espíritu que se verían totalmente transformados —llenos de energía y audacia— para proclamar el Evangelio a cuantos encontraran, sin importar adónde los llevara su camino.
Para nosotros no es diferente. También nosotros hemos sido «bautizados con el Espíritu Santo» porque, al igual que los primeros discípulos, hemos sido reclamados por Cristo para ser sus testigos ante cada persona que se cruza en nuestro camino. Esa es nuestra identidad fundamental y nuestra vocación fundacional; esa es nuestra misión de por vida. O, como nos recuerda hoy la lectura de la Epístola a los Efesios, somos el «cuerpo» de Cristo en el mundo, llamados a realizar su obra en él.
Es una vocación noble y hermosa que hace de nuestras vidas una participación incesante en la vida y el ministerio de Cristo.
Resulta difícil imaginar algo mejor.





