Escritura Diaria, 1 de Julio de 2026

Ambas lecturas preguntan si estamos dispuestos a dejar que la justicia y la misericordia transformen nuestras vidas, incluso cuando hacerlo perturba nuestra comodidad, nuestra rutina o nuestra seguridad.

Reflexión

Hoy, la lectura del profeta Amos trae recuerdos de tiempos cuando alguien se preocupaba lo suficiente como para decirme la verdad con franqueza. No suavemente. No envuelta en palabras suaves. Claramente. En ese momento, el mensaje pudo haber parecido duro, incluso injusto. Solo más tarde me di cuenta de que era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Amos habla con es grado de franqueza. No está criticando a Israel porque olvidaron sus oraciones o desatendieron sus rituales. De hecho, todavía ofrecían sacrificios, celebraban festivales religiosos y cantaban canciones sagradas. El problema era que su religión se había desconectado de la justicia.

El mensaje de Dios a través de Amos es inquietante. La adoración que no conduce a la misericordia y la justicia no es agradable para Dios. Amos no está diciendo que la oración, el sacrificio o el himno no tienen sentido. Él deja saber que la adoración se vuelve falsa cuando los pobres, los excluidos y los vulnerables no son afectados por ella. El salmo responsorial de la liturgia de hoy hace eco de la misma advertencia: Dios tiene hambre de justicia, no de nuestras ofrendas.

El Evangelio hace el mismo punto desde otro ángulo. Jesús expulsa a los demonios de dos hombres y pasan en una manada de cerdos, que luego se precipitan al mar y se ahogan. Todo el pueblo sale y le pide a Jesús que se vaya. Mateo no nos dice por qué. Pero el contraste es difícil de pasar por alto: dos hombres son liberados del tormento, una manada se pierde y la respuesta del pueblo es despachar a Dios. Tal vez sea porque el costo de dejar que Dios trabaje entre nosotros, la liberación de los demonios, la pérdida de lo familiar, que resulta ser demasiado para un pueblo complaciente.

La palabra de Dios exige algo de nosotros. Ambas lecturas preguntan si estamos dispuestos a dejar que la justicia y la misericordia transformen nuestras vidas, incluso cuando hacerlo perturba nuestra comodidad, nuestra rutina o nuestra seguridad.

 ¿De qué maneras hemos hecho las paces con la injusticia, la exclusión o el sufrimiento porque cambiar nuestro comportamiento nos costaría algo?

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