
Reflexión
Alguna vez has ofendido a alguien y le has pedido perdón y luego te has preguntado ¿si realmente te perdonó? En la primera lectura de hoy, cerca del final del libro de Miqueas, Miqueas está orando al Señor por perdón y para que sea más cumplido como el Pastor de Israel. En tiempos de Miqueas, los israelitas se encontraron aislados y rodeado de enemigos. Miqueas está rezando por un segundo éxodo milagroso en el cual Israel ya no estará bajo dominio ajeno. Los tres últimos versos de Miqueas forman un himno de alabanza por el perdón de Dios. (Rich Freeeman, DMin “Micah’s Final Prayer to the Lord”; Chosen People Ministries, June 2024 Newsletter)
“Volverás a compadecerte de nosotros, aplastarás con tus pies nuestras iniquidades, arrojarás a lo hondo del mar nuestros delitos. Serás fiel con Jacob y compasivo con Abraham…”.
(Miqueas 7:19)
En algunas tradiciones judías, estos versos se leen durante el servicio de Rosh Hashaná. En una ceremonia llamada Tashlikh, arrojan trozos de pan a un corriente de agua, simbolizando que desechan sus pecados y el pan se aleja y finalmente desaparece. (Ibid.)
En nuestra tradición católica, celebramos el sacramento de la reconciliación (algunos se refieren a él como el sacramento de la penitencia o confesión). En este sacramento, confesamos nuestros pecados al sacerdote, y el sacerdote reza en voz alta lo siguiente:
“Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y envió el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
Gracias, Señor, por asegurarme que estoy perdonado.





