
Reflexión
Discipulado, esperanza y sanación
Hoy la Iglesia nos pide que profundicemos nuestro compromiso con el discipulado mientras enfrentamos los serios desafíos de la vida actual. El trio del profeta Jeremías, Jesús mismo y San Juan Vianney, de quien es la memoria, nos ofrecen aliento y ayuda para fortalecer nuestro discipulado en estos tiempos.
Ambas lecturas de las escrituras son dramáticas. Jeremías es enviado como testigo de esperanza al pueblo de Israel que había traicionado su fe y ahora enfrentaba una seria oposición militar. Dios amorosamente les recuerda “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios.” En la selección del Evangelio, Jesús predica a las multitudes, luego envía a sus discípulos por barco al próximo lugar de ministerio mientras se detiene para orar.

Mientras los apóstoles hacían su camino a través del mar de Galilea, una tormenta feroz sacudió repetidamente su bote – ¡y ellos tuvieron un miedo mortal! Jesús se acercó a ellos, caminando sobre las aguas tormentosas. Pedro trató de caminar sobre el agua hacia Jesús, pero su falta de fe lo hizo hundirse. Jesús tuvo que sacarlo del agua!
El resultado de este episodio es que la fe de los discípulos se fortaleció, y Jesús continuó su ministerio de enseñar y sanar con ellos a su lado.
Hoy estamos llamados a buscar una fe más profunda. Somos testigos del amor sanador de Dios con nuestras vidas humanas. Así fue con el santo del siglo XIX que celebramos hoy: San Juan María Vianney. Un simple párroco, sirvió al pueblo de Dios en Ars, Francia. Fortalecido por su intensa vida espiritual basada en la oración y la mortificación, Juan Vianney pasaba regularmente largas horas compartiendo el amor de Dios en el Sacramento de la Reconciliación… ministrando a miles de penitentes que a veces habían viajado grandes distancias para compartir unos momentos celebrando la misericordia, el perdón y el amor de Dios en el sacramento de la Reconciliación. Él era el medio que Dios usaba para presenciar amorosamente el poder transformador del amor de Dios. En 2009, el papa Benedicto XVI lo nombró patrón de los sacerdotes y del clero parroquial en todo el mundo… y nosotros los sacerdotes decimos con gratitud “¡Amén!”
Cada uno de nosotros está llamado a ser discípulo en un mundo que necesita sanación y esperanza. Tal vez no tengamos los dones personales de Jeremías o Juan Vianney, pero como mujeres y hombres de fe estamos invitados a aprovechar al máximo nuestras fortalezas y disminuir nuestras debilidades. Un oído que escucha, una sonrisa suave, un pensamiento amable, una oración sencilla, una palabra o acto alentador de afirmación o perdón: no hay límite a la esperanza y la sanación que Dios puede compartir a través de ti y de mí. Que nosotros y nuestra comunidad global experimentemos la sanación, la esperanza y el amor de Dios!





