
Meditación
Los prismas siempre me han fascinado: un rayo de luz blanca se divide en un arcoíris de colores y revela la riqueza que estaba escondida en su interior desde el principio. Las lecturas de hoy exploran y profundizan la teología del remanente: aquellos que sobreviven cuando el mundo y sus valores comienzan a derrumbarse, y que se convierten en semillas de renovación al permanecer abiertos a la gracia de Dios.
Sofonías habla de un pueblo que permanece no porque sea fuerte, organizado o impresionante, sino porque es humilde, sincero y silenciosamente fiel. Nada en el remanente llama la atención. Y, sin embargo, cuando la presencia de Dios atraviesa sus vidas, ocurre algo extraordinario. La luz se abre paso. La justicia, la misericordia y la confianza aparecen donde menos las esperamos.
San Pablo reconoce el mismo patrón en la comunidad de Corinto. Dios no brilla a través de lo que el mundo ya admira. Dios elige lo que parece débil, necio y pasado por alto, no para avergonzar a los fuertes, sino para revelar la verdadera fuente de la luz. Cuando la gracia se refracta a través de vidas que no buscan protagonismo, los colores pertenecen inequívocamente a Dios.
Luego Jesús se sienta y proclama las Bienaventuranzas. Cada una es un matiz distinto: pobres de espíritu, mansos, misericordiosos, constructores de paz.

Ninguna de estas cualidades parece luminosa por sí sola, pero juntas forman un espectro de bendición que revela la verdad del Reino de Dios. Así se ve la luz divina cuando atraviesa vidas humanas que se niegan a endurecerse.
Gastamos mucha energía tratando de brillar. Estas lecturas sugieren algo distinto. Dios no nos pide que produzcamos la luz. Dios nos pide que permitamos que la luz pase a través de nosotros.
El remanente se encuentra allí donde las personas permanecen abiertas.
Abiertas a la misericordia.
Abiertas a la humildad.
Abiertas a una esperanza que no necesita hacer ruido.
¡Y así es como Dios sigue dando color al mundo!





