Escriture Diaria, 3 Febrero 2026

Today, we – from our resources of talent, time and capacity can carry him across – not across oceans necessarily – but across cultures, traditions, generations so that his message and healing presence might be known by many.

Meditación

El texto del evangelio de hoy comienza con una frase que a menudo pasa desapercibida, a saber: «Jesús había cruzado de nuevo en la barca a la otra orilla».

Dos reflexiones pueden ayudarnos a dar forma a nuestra vivencia de la fe y a nuestra reflexión espiritual en este día.

En primer lugar, notemos que la misión de Jesús no podría haberse desarrollado tal como lo hizo sin la ayuda —real y concreta— de la “clase media de su tiempo”, es decir, los pescadores. Pedro, sus compañeros y sus familias eran líderes empresariales de su época: tenían recursos, empleaban a otras personas, poseían embarcaciones y gestionaban el suministro de pescado a diversas poblaciones alrededor del mar de Galilea. Dado que el pescado era uno de los dos principales alimentos básicos de entonces, se trataba de una industria significativa. Los discípulos contaban con suficiente tiempo, libertad y recursos para sostener, alojar, transportar y acompañar a Jesús a lo largo de los tres años de su vida pública.

Hoy, nosotros —desde nuestros propios recursos de talentos, tiempo y capacidades— podemos llevar a Jesús, acompañándolo no necesariamente a través de océanos, sino a través de culturas, tradiciones y generaciones, para que su mensaje y su presencia sanadora sean conocidos por muchos.

Sin embargo, es la expresión «cruzar al otro lado» la que me lleva a encontrar esperanza y sentido en la vida de Jesús.

Jesús cruzó muchas veces “al otro lado.”

Jesús no solo cruzó el mar hacia pueblos y lugares de “la otra orilla”, sino que lo hizo en todas las dimensiones de su ministerio.

Jesús “cruzó” de lo familiar y seguro hacia situaciones y espacios donde fue ridiculizado e incluso perseguido por tender la mano a otros.

Jesús “cruzó” desafiando las convenciones y las prácticas aceptadas para solidarizarse con quienes sufrían o eran excluidos.

Jesús “cruzó” cuando enfrentó la enfermedad, el mal y los prejuicios para sanar y perdonar.

Y, en último término, Jesús cruzó de la muerte a la vida.

De la misma manera, nosotros podemos permitir que él cruce nuestras soledades para encontrarse con nosotros allí donde estamos, o incluso acompañarlo para que pueda cruzar y sanar y redimir a otros.

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