
Reflexión
Ningún ser humano es ajeno al sufrimiento, porque el sufrimiento llega a todos nosotros. La pregunta, entonces, no es si sufriremos, sino cómo responderemos al sufrimiento. Esta es una manera de entender la afirmación, por lo demás desconcertante (y aparentemente problemática), que Santiago hace en la primera lectura de hoy. El apóstol nos dice que “ténganse por dichosos” cuando enfrentemos pruebas y dificultades, fracasos y adversidades. ¿Es este un buen consejo pastoral? ¿Es siquiera razonable?
El cristianismo no afirma que el sufrimiento sea bueno, pero sí enseña que podemos hacer que nuestro sufrimiento sea fecundo para el bien.
El cristianismo no nos anima a buscar el sufrimiento, pero sí afirma que podemos crecer a través de él. El sufrimiento produce bien cuando lo aprovechamos como una oportunidad para reevaluar nuestros valores y prioridades, nuestras metas y ambiciones. En este sentido, el sufrimiento puede recentrarnos al recordarnos qué es lo más importante en la vida. De manera similar, crecemos a través del sufrimiento cuando usamos una experiencia fundamentalmente negativa para generar resultados positivos. Esto sucede cuando el sufrimiento nos hace más sensibles a las luchas y dificultades de los demás; cuando nos vuelve menos críticos y más compasivos.
Santiago nos dice que nos alegremos en nuestros sufrimientos —en las lágrimas y penas que llegan a nuestra vida— no porque haya algo intrínsecamente bueno en esas experiencias, sino porque a través de ellas nuestra fe puede ser purificada y profundizada.
Tal vez la más importante lección que podemos aprender del sufrimiento es que la fe auténtica nos comparte la convicción firme y perseverante de que, pase lo que pase en nuestra vida, Dios es fiel y digno de confianza.
Además, el sufrimiento rompe la ilusión fatal de que podemos salir adelante por nuestra cuenta, recordándonos algo que nos cuesta tanto aceptar: nuestra absoluta y permanente dependencia de Dios. Como asegura la advertencia del apóstol Santiago sobre el hombre rico, ninguno de nosotros puede garantizar su propia seguridad. A pesar de lo que predica nuestra sociedad, no debemos poner nuestra fe en el dinero o las posesiones, en el poder o el estatus, sino en Dios. Si el sufrimiento nos ha enseñado eso, podemos considerarnos verdaderamente bendecidos.





