
Reflexión
Aquí estamos, al comienzo de nuestra Cuaresma. Es apenas la primera semana, apenas siete días dentro de este camino de cuarenta días. Cuando iniciamos esta temporada en el Miércoles de Ceniza, se nos animó a aprovechar este tiempo para ayunar, orar y dar limosna; todo con el propósito de reanimar, renovar y profundizar nuestra relación con Dios, de esa manera estar preparados para celebrar la gran fiesta de la Pascua.
Es precisamente por eso que tiene mucho sentido que las lecturas de la misa de hoy estén centradas en la oración. En la primera lectura, tomada del profeta Isaías, se nos recuerda que la Palabra de Dios siempre es eficaz en nuestras vidas. ¿Quién necesita que se le recuerde esto? — la mayoría de nosotros. A veces podemos volvernos bastante descuidados con nuestra oración diaria, o incluso dejarla de lado. Es común que nuestras vidas estén llenas de exigencias y sentimos que tenemos que soltar algo. Además, muchos hemos tenido la experiencia de orar con todo el corazón por algo y no obtener lo que deseábamos. Pero Isaías quiere recordarnos que nuestra oración nunca es inútil. Es el camino por el cual Dios enriquece nuestras vidas, quizá incluso de maneras que no comprendemos. Sin la Palabra de Dios, ciertamente estamos empobrecidos.
En el Evangelio se nos presenta la hermosa oración del Padre Nuestro. Esta oración nos fue dada por Jesús mismo, y muchos de nosotros rezamos estas palabras todos los días, si no es que con mayor frecuencia.
Jesús comienza diciéndonos que empecemos con “Padre nuestro”. Ese inicio puede renovar en nosotros la conciencia de nuestra relación íntima con Dios.
Los expertos en lenguaje nos dicen que una traducción más precisa de la palabra de Jesús, “Abba”, sería “Papá” o “Papi”, y no “Padre”. Es como Jesús de invita a darnos cuenta de cuán queridos somos por nuestro Padre del cielo, y qué lugar tan privilegiado tenemos dentro el amor de Dios. Luego Jesús habla de la santidad de su Padre y de nuestro deseo de que Dios reine en nuestras vidas.
Después de contemplar quién es Dios, Jesús se vuelve a nuestras necesidades de alimento diario y de perdón constante. Jesús quiere que sepamos que Dios no solo se interesa en que lo alabemos, sino que está profundamente involucrado en nuestras vidas cotidianas. Dios está con nosotros en cada momento de nuestra experiencia humana.
Finalmente, Jesús nos recuerda que el perdón de Dios no es solo para nosotros, sino que debe convertirse en la manera en que nos relacionamos con todos en nuestra vida.
Al entrar plenamente en esta Santa Temporada, que nuestra oración se enriquezca mediante nuestra práctica diaria. Porque en ella se nos revela el amor constante y desbordante que estamos llamados a compartir unos con otros.





