El servicio a mi comunidad de fe y a mi comunidad siempre lo he sentido como una ofrenda externa: algo que doy a Dios, a la Iglesia y a quienes me rodean. Sin embargo, una y otra vez he descubierto que lo que recibo a cambio supera con creces lo que ofrezco.
Cuando ofrecemos un servicio, creemos que estamos satisfaciendo una necesidad, pero de alguna manera Dios usa esos momentos para moldearnos, impulsarnos y bendecirnos de maneras que nunca anticipamos.
El servicio nunca es unidireccional; es un intercambio vivo de gracia.
El año pasado, en el último minuto, me pidieron que me encargara de la cocina para servir una cena de pescado frito en la parroquia de San Kenneth. Recuerdo el nudo en el estómago cuando acepté; cocinar siempre me había generado ansiedad en lugar de confianza.
Pero no había tiempo para darle vueltas; la parroquia necesitaba a alguien, y acepté. Esa experiencia me cambió. Coordinar voluntarios, gestionar el tiempo y ver cómo todo se cumplía no obstante la presión de la hora me dio una sensación de calma y competencia que nunca antes había sentido.
Desde entonces, mis ansiedades por cocinar han desaparecido. Ahora cocino mucho mejor que antes, y lo que antes me intimidaba se ha convertido en algo que afronto con confianza e incluso alegría.
Lo que comenzó como un servicio a mi parroquia se convirtió en un crecimiento personal que jamás podría haber logrado por mi cuenta.
Durante muchos años también he cantado en la iglesia, ofreciendo mi voz como oración. A través de este ministerio, he desarrollado hermosas relaciones con otros músicos y feligreses. Más aún, me he convertido en alguien a quien la gente reconoce por contribuir a su experiencia litúrgica.
Siento humildad profunda y conmovedor cuando alguien me dice que sintió el Espíritu Santo por algo que estaba haciendo: un himno cantado con intención, una armonía que llenó el templo, un momento de silencio reverente.
En esos momentos, recuerdo que el servicio no se trata de una actuación; se trata de dejarnos ser un instrumento.
Dios usa incluso nuestros talentos más comunes para tocar corazones y, al hacerlo, fortalece nuestra propia fe.
Mi servicio en el Centro de Retiros Pasionista San Pablo de la Cruz me ha abierto otra puerta de gracia. Allí he encontrado una familia completamente nueva de personas con ideas afines, cuyo carisma resuena profundamente con lo que siempre he sentido en mi corazón.
Ser parte de esa comunidad me ha acercado más a Dios y me ha permitido percibir con más claridad lo que Él quiere para mi vida.
Al servir junto a otros que comparten esa profundidad y compromiso espiritual, me siento apoyado, comprendido y llamado a seguir adelante.





