
Reflexión
Nuestras escrituras parecen muy apropiadas para los tiempos que estamos viviendo. En nuestra primera lectura, escuchamos la difícil situación de una joven llamada Susana, falsamente acusada de adulterio por dos ancianos de la comunidad que habían planeado tenderle una trampa para obligarla a acostarse con ellos.
A lo largo de los años, al leer este relato, me ha impactado un versículo en particular. Susana, a punto de ser condenada a muerte, eleva una oración a Dios, quien responde a su súplica suscitando el espíritu en un joven que declara: «Yo no tendré parte en la muerte de esta mujer». Hoy día, estando rodeados de guerras, de conflictos y lo que parece ser una disposición a recurrir a la violencia, la declaración de este joven nos llama la atención a cómo estamos desafiados a relacionarnos unos con otros.
Del mismo modo, en el evangelio, una multitud trae ante Jesús a una mujer sorprendida en un acto de adulterio. La mujer está siendo utilizada por los escribas y los fariseos para intentar tenderle una trampa a Jesús, «para así tener algún cargo que presentar contra él». Dicen que la Ley les ordena apedrear a tales mujeres, y luego le piden a Jesús su opinión.
Me pregunto si Jesús estaba pensando en la propia madre de esta mujer, quien tal vez hubiera corrido la misma suerte que ella. Pero Jesús no tendrá parte alguna en la muerte de esta mujer y dice:
«Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra contra ella».
Finalmente, la multitud se dispersa y Jesús se queda a solas con la mujer; y, al final, le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete y, de ahora en adelante, no peques más».
En estos tiempos, estamos llamados a deponer nuestras «piedras»: nuestras palabras y acciones destinadas a herir y lastimar a los demás. Que no nos sumemos a la precipitación hacia la violencia, sino que, en su lugar, acojamos el llamado al amor y a la misericordia.





