
Reflexión
En nuestra primera lectura, tomada del Libro de los Números, escuchamos cuán frustrados se sentían los israelitas mientras continuaban su travesía hacia la Tierra Prometida. Vemos con total claridad que estaban al borde del colapso. ¡Murmuraban y se quejaban contra Dios y contra Moisés; lo único que querían era que todo terminara de una vez! Dios se sintió decepcionado ante lo que percibió como una falta de fe y confianza por parte de ellos, y envió sobre ellos un doloroso castigo en forma de serpientes venenosos. Entonces, los israelitas imploraron perdón por su impaciencia y deslealtad. Dios cedió, los perdonó y, a su vez, los israelitas prometieron obediencia y confianza en el amor incondicional y la misericordia de Dios.
Todos hemos tenido momentos de impaciencia y frustración en nuestras vidas, instantes en los que no logramos ver la mano de nuestro amoroso Dios, ni escuchar ni creer en la Buena Nueva que tenemos justo ante nuestros ojos. Somos un pueblo privilegiado al que nunca debería faltarle nada; sin embargo, una y otra vez nos mostramos insatisfechos, refunfuñando y quejándonos de que la vida es muy injusta. La hierba siempre parece más verde al otro lado; el vaso siempre está medio vacío. Queremos un clima cálido, pero no demasiado caluroso. Anhelamos esas vacaciones tan esperadas, hasta que el avión se retrasa o el precio de la gasolina se dispara, obligándonos a recurrir a un «plan B» que tal vez no resulte tan divertido ni conveniente. ¡En un parpadeo nos volvemos exactamente igual que los israelitas!
Durante este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a dejar de lado nuestras actitudes egocéntricas. Estamos llamados a mirarnos al espejo y vernos tal como Dios nos ve.
Estamos llamados a ser personas de compasión, misericordia y amor; a ver el rostro de Dios en nuestros hermanos y hermanas que sufren injusticia, enfermedad, falta de hogar y prejuicios.
Jesús es un Dios perdonador y amoroso que nos llama a encarnar ese amor y esa solicitud hacia todos aquellos que nos rodean y que se encuentran en ese punto de quiebre en el que se hallaban los israelitas cuando el camino se volvió demasiado largo y difícil.
Dentro de unos pocos días, entraremos en la Semana Santa. Que este sea un tiempo en el que nos comprometamos nuevamente al servicio de los demás, mientras nos lavamos los pies unos a otros y compartimos el banquete en la Mesa del Señor. Que la Pasión de nuestro Señor Jesucristo permanezca siempre en nuestros corazones, al acercarnos con humildad y espíritu penitente para venerar la Cruz en la que nuestro Salvador entregó su vida por nosotros. Que, al concluir la semana, celebremos con la alegría de la Pascua, regocijándonos de que el sepulcro está vacío y de que Jesús vive y camina entre nosotros, trayendo vida nueva para todos. Amén.





