
Reflexión
¡La hora de Jesús se acerca! ¡Nuestra temporada de Cuaresma también está para cumplirse!
Jesús ha pasado los últimos tres años enseñando, predicando, sanando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Su mensaje ha inspirado a algunos a creer en él y, a su vez, a convertirse en sus seguidores, tal como escuchamos en el Evangelio de hoy. ¡Otros, como los fariseos, siguen pidiendo su muerte!
¡Debe de ser difícil para Jesús y sus seguidores mantener una actitud positiva y seguir adelante! A Jesús le parece evidente que el ambiente de la zona en la que se encontraba hoy exigía un «plan B»; por ello, se trasladó a un lugar más seguro, aun sabiendo que la seguridad sería difícil de hallar en los días venideros.
Así pues, a medida que esta temporada de Cuaresma llega a su fin, me gusta creer que me he preparado lo suficiente —a través de mi oración, ayuno y limosna— para acompañar a mi amigo Jesús mientras Él se dispone a sufrir y morir por mí. Esta Cuaresma ha sido un viaje increíble, repleto de oración tanto privada como pública, de un ayuno intencional y de oportunidades de servicio para el pueblo de Dios necesitado. Algunos días sentía que daba dos pasos hacia adelante y tres hacia atrás; sin embargo, siempre mantuve la esperanza y la convicción de que Jesús —mi faro— me daba el empujón que necesitaba en el momento justo y me amaba siempre y sin reserva.
Alguien dijo recientemente que la Cuaresma nunca fue destinada a ser predecible; tampoco lo es la transformación a la que nos invita. Mi Cuaresma ha sido impredecible y transformadora. Ha sido desafiante, aleccionadora, esclarecedora y ¡un tiempo de paz y gratitud!
¡Que la Pasión de nuestro Señor Jesucristo esté siempre en nuestro corazón!





