
Reflexión
El 13 de octubre de 1917, decenas de miles de personas se congregaron en Fátima —creyentes, escépticos, periodistas y fotógrafos— en busca de la verdad en la promesa de un milagro. A continuación surgieron relatos que describían cómo el sol parecía danzar, irradiar luz y cambiar de color; incluso después de horas de lluvia, la ropa y el suelo se secaron en cuestión de minutos. En una época en la que Lisboa era llamada «la capital atea número uno del mundo» y la fe se encontraba bajo ataque, estos acontecimientos se erigieron como un poderoso testimonio. Los tres niños mismos soportaron amenazas de ser hervidos vivos, y aun así no se retractaron.
Este episodio me recuerda al libro de los Hechos, donde Pedro proclama que Jesús fue acreditado por Dios mediante «obras poderosas, prodigios y señales». Al igual que en Fátima, hubo muchos testigos para dar fe de la verdad. Sin embargo, en el Evangelio de Lucas, los discípulos que iban camino a Emaús no logran reconocer a Cristo al principio. ¿Con qué frecuencia hacemos nosotros lo mismo? Debido a nuestra naturaleza humana, olvidamos las obras de Dios, incluso cuando estas se hallan ante nuestros ojos.
El Salmo 16 proclama con confianza que Dios «nos mostrará el sendero de la vida», una promesa cumplida en Cristo, el Cordero inmaculado y sin mancha descrito en la Primera Epístola de Pedro. Por medio de Cristo somos salvados, y Él nos invita a vivir vidas de fe reverente, y manteniendo nuestra esperanza únicamente en Dios.
Hoy somos testigos de eventos milagrosos, como el «Milagro del Sol» en Fátima y los milagros de los apóstoles en los Hechos. Te invito a reflexionar sobre los milagros en tu propia vida: esos momentos en los que Dios ha revelado Su presencia. Recuérdalos, consérvalos y deja que te transformen, para que tu propia vida se convierta en un testimonio vivo de Su verdad.





