
Reflexión
Tengo suerte. Se me asignó el día veinticinco de cada mes, ¡así que escribir estas reflexiones debería ser pan comido! Por lo menos, meditar sobre el día de Navidad (25 de diciembre), la Conversión de San Pablo (25 de enero), la Anunciación (25 de marzo) y Santiago Apóstol (25 de julio) es solo el comienzo. Algunos años celebramos el Día de Acción de Gracias el día 25 (de noviembre) o el Miércoles de Ceniza (de febrero) en esa misma fecha. Hoy tenemos a San Marcos, Evangelista.
San Marcos, cuyo Evangelio es el más antiguo de los cuatro evangelistas, es simbolizado por el león (mientras que Mateo, Lucas y Juan son representados como el ángel, el buey y el águila, respectivamente), símbolo de la valentía.
Comúnmente imaginamos a la persona valiente como aquella que posee valor o agallas; sin embargo, la palabra proviene en realidad del latín “cor” (corazón) y “agere” (actuar); por lo tanto, ser valiente significa tener la fuerza de «actuar desde el corazón».
Hace años, mientras dirigía un retiro para estudiantes universitarios, recuerdo haber preguntado a estos jóvenes —gente buena y genuina— cuál consideraban que era el atributo o la virtud más importante que deseaban en sus amigos. Casi todos respondieron que buscan integridad o autenticidad en los demás… que las personas sean fieles a su corazón, y no tanto a sus pensamientos o ideas abstractas.
En nuestras lecturas litúrgicas de estos días en los que celebramos la renovación de vida del tiempo pascual, seguimos escuchando (especialmente en los Hechos de los Apóstoles) aquellas historias sobre la transformación realizado por los primeros seguidores de Jesús: que la resurrección no fue algo que le aconteció únicamente a Cristo.

Por el contrario, todos aquellos que habían recibido el Bautismo debían también sumergirse en el Misterio Pascual.
Se convirtieron —o se transformaron—, pasando de ser un grupo disperso, desorganizado y compuesto por individuos atemorizados y desconfiados, a verse repentinamente cohesionados en una comunidad de fe creyente y fervorosa.
En nuestra primera lectura, San Pedro exclama con fuerza: «Que en su trato mutuo la humildad esté siempre presente». Quizás una de las razones por las que muchos jóvenes de hoy se están alejando de las estructuras de participación —en la política, el gobierno y la Iglesia— podría ser un llamado para que todos nosotros seamos más auténticos o genuinos, para que actuemos desde el corazón…con ánimo…como San Marcos.





