
Reflexión
En las lecturas de hoy, el tema es la autenticidad: cómo vivimos nuestra fe; lo que importa son las acciones correctas, no palabras vacías. El profeta Isaías va directamente al punto, nombrando las infames ciudades de Sodoma y Gomorra cuando el Señor declara: “¿Qué me importan a mí todos sus sacrificios?” (1:11). Estas son palabras fuertes que repiten exactamente lo que Dios desea seguir diciéndonos hoy. “Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda’’ (16b). El Salmo continúa el tema: “¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto tú, que detestas la obediencia?” Dios ve la falsedad de las palabras.
La lectura del Evangelio, tomada de la enseñanza misionera de Jesús a los discípulos, podría parecer un poco confusa a primera vista, porque solo unos pocos capítulos antes, Jesús dijo: “Felices los que trabajan por la paz” (Mateo 5:9a). Ahora, parece haber cambiado de opinión, advirtiendo a sus discípulos que no piensen que él ha venido “…a traer la paz a la tierra; no ha venido a traer la paz, sino la guerra” (Mateo 10, 34). Sin embargo, no estamos destinados a tomar esta declaración literalmente.
La carta a los Hebreos puede ofrecer una idea del tipo de “espada” de la que habla Jesús, al decir: “En verdad, la palabra de Dios es viva y eficaz, más afilada que cualquier espada de dos filos, penetrando incluso entre el alma y el espíritu, las articulaciones y la médula, capaz de discernir los reflejos y los pensamientos del corazón” (Heb 4:12).

Vivir auténticamente significa primero permitir que la Palabra de Dios penetre en nuestros corazones y mentes! Fuera de esto, no hay capacidad para discernir, y ciertamente no hay capacidad para “auxiliar al oprimido, y defender los derechos del huérfano”.
El mensaje de Jesús no está destinado a crear discordia en nuestras relaciones íntimas, sino a inspirarnos para saber quiénes somos y qué creemos. Esta es la actitud apropiada para cualquier discípulo. A veces, eso puede ser inquietante. Cuando nos enfrentamos al mal, ¿debemos hablar o permanecer en silencio? Me viene a la mente una frase muy conocida: “Jesús vino para consolar a los perturbados y para perturbar a los cómodos.”
La primera comunidad a escuchar este mensaje fue principalmente judía; tuvieron que enfrentar el cambio resultante de la creencia en Jesucristo y sus efectos sobre sus vidas. Enfrentaron el desafío de aceptar a los gentiles como miembros iguales en esta nueva comunidad, y la potencial pérdida de relaciones familiares debido a esta creencia. Sin embargo, elegir este camino ofrece una vida abundante. Recuerdo la respuesta de Pedro a Jesús cuando se le preguntó si deseaba marcharse: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 68). Cuando permitimos que la Palabra penetre en nuestros corazones y mentes, nos hemos rendido a este llamado. Como Pedro, ¿a dónde más podemos ir? Recogemos nuestra cruz y lo seguimos en la fe, la esperanza y la confianza de que todo estará bien. La verdadera marca de un discípulo nunca cambia.
Así que, ya sea que recibamos a un profeta o a un hombre justo, o incluso le demos una copa de agua fría a un discípulo, reconocemos en cada persona a Jesús y al que lo envió.
Señor, que yo sea digno de ser tu discípulo, para tomar mi cruz y seguirte diariamente!
Que tu gracia siempre sea suficiente para mí. Amén.





