Escritura Diaria, 23 de Julio de 2026

Bienaventurados somos cuando podemos ver el amor de Dios para todas las personas y toda la creación.

Reflexión

En nuestra lectura del Evangelio de hoy, me sentí atraído por Jesús cuando explicó por qué usó parábolas para hablar al pueblo. Cita a Isaías: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Puede que te preguntes por qué me atrajeron estas palabras de Jesús. Creo que es porque tenemos problemas para ver lo que necesitamos ver y escuchar lo que necesitamos oír. Nos cuesta ver la humanidad de ciertos grupos de personas. Nos cuesta tiempo dedicar a escuchar sus historias. Y nos cuesta oír cuánto Jesús nos está llamando a cambiar para amar a Dios y al prójimo.

En nuestra primera lectura, de Jeremías, Dios habla a través del profeta:

“dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, y se hicieron cisternas agrietadas, que no retienen el agua”.

Creo que nos resistimos a ver lo que necesitamos ver y escuchar lo que necesitamos oír. Al intentar “mantener el agua” en “cisternas rotas”, equivale la gran mentira que dice “tu ganancia es mi pérdida”; o “están aquí por la razón equivocada”; o incluso decidir por nosotros mismos que “ellos” están de alguna manera fuera del amor y el cuidado de Dios. Estas creencias son convenientes para que las personas justifiquen el prejuicio, la discriminación e incluso la violencia. Pero estas creencias no tienen validez. No tienen ninguna verdad.

Nuestro desafío, entonces, es estar dispuestos a tener nuestros ojos y oídos abiertos para que podamos ser sanados por el amor de Dios en Jesucristo. Hacia el final de nuestra lectura del Evangelio, Jesús dice a sus discípulos:

“Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen.” 

Bienaventurados somos cuando podemos ver el amor de Dios para todas las personas y toda la creación. Bienaventurados somos cuando podemos escuchar a otros contar sus historias, y nuestros corazones se conmueven con compasión y no con odio. Y bienaventurados somos cuando vemos, oímos y seguimos a Jesús en el amor, trabajando por la justicia y la paz.

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