
Reflexión
En nuestra primera lectura de hoy (1 Reyes 3:5, 7-12), Dios dice al rey Salomón: “…pídeme lo que quieras, que yo te lo daré”. Y Salomón, que ya muestra cierta comprensión, pide la sabiduría para gobernar al pueblo “y distinguir entre el bien y el mal”. Dios está complacido con esta petición y le da a Salomón lo que pide. Más tarde, leemos varios casos en los que Salomón muestra esta sabiduría.
Pero cuando avanzamos más en el reinado de Salomón (1 Reyes 11), vemos que Salomón abandonó la sabiduría que Dios le había dado. Como fue con Salomón, así es con nosotros. Dios nos bendice de muchas maneras, pero sigue siendo nuestra elección sobre qué hacer con las bendiciones que Dios nos ha dado.

En nuestra lectura del Evangelio (Mateo 13:44-52), Jesús cuenta dos parábolas que indican a dónde deben llevar nuestras elecciones: el reino de los cielos. La primera parábola que describe el reino de los cielos es acerca de un hombre que descubre un tesoro enterrado, lo esconde otra vez en el campo donde lo encontró, y con alegría vende todo lo que tiene para comprar ese campo. La segunda parábola es similar. Trata de un comerciante en perlas finas. Cuando encuentra “una perla muy valiosa” vende todo lo que tiene y la compra.
Por la gracia de Dios, podemos “mantener nuestros ojos en el premio” del reino de los cielos y vivir en la justicia de Dios siguiendo a Jesús en amor. Las elecciones que hacemos día a día deben reflejar nuestra elección fundamental de seguir a Jesús.
¿Dónde están nuestras prioridades y a qué costo? ¿Debemos asegurar nuestras fronteras a costa de brutalizar a otros e intentar despojarlos de su dignidad? ¿Debemos obtener ganancias a costa de degradar el medio ambiente? ¿Debemos elevarnos deshumanizando a los demás? ¿Debemos seguir sintiéndonos cómodos a costa de que otros no tengan lo necesario para vivir? ¿Debo aferrarme a mi prejuicio para justificar mi retención de la compasión y la misericordia? Incluso en la Iglesia, podemos sentir el impulso de proteger a la institución más que tratar de reparar el daño que hemos hecho.
Probablemente no pensemos en nuestras decisiones en términos tan contundentes. Pero tal vez tengamos que pensar más sobre algunas de las elecciones que hacemos.
Mira de nuevo esas dos primeras parábolas. Cuando el hombre con el tesoro y el comerciante con la perla encuentran esas cosas de gran valor, venden todo lo que tienen para obtenerlas. Estamos llamados a dar de nosotros mismos por el bien del reino. Estamos llamados a ayudarnos mutuamente a elevarnos, como hemos sido elevados. No nos adherimos a la idea de que si alguien más recibe justicia significa que hemos perdido algo. En cambio, trabajamos por la justicia para todos y por un mundo en el que nadie carezca de las necesidades básicas de la vida.
Que “mantengamos los ojos fijos en el premio”, confiando en el amor de Dios y siguiendo a Jesús.





