
Reflexión
Hace unos años, mi director espiritual, el padre (+)Ronan Newbold, C.P., y yo estábamos tratando sobre mi vida de oración. Aquellos que conocían al padre Ronan lo recordarían como un sacerdote muy humilde e inspirador. En una de nuestras sesiones en el otoño de 2020, antes de su fallecimiento la primavera siguiente, me preguntó cómo estaba progresando mi vida de oración. Le dije que me animaba que, con su ayuda, estaba mejorando, pero estaba abierto a sugerencias adicionales. “Entonces, ¿qué más puedo hacer para mejorar mi vida de oración?” pregunté. Su respuesta simple: “Necesitas orar con más humildad”.
Estaba asombrado y un poco desconcertado. Pero en un período relativamente corto, llegué a darme cuenta de que la declaración simple pero profunda del Padre Ronan resultaría ser uno de los eventos centrales de mi vida espiritual. Era simple y poco dramático, pero de alguna manera más perspicaz que la mayoría de las cosas que había experimentado anteriormente. Pienso y reflexiono sobre esas palabras todos los días recordando esa declaración como si fuera ayer con el padre Ronan todavía aquí recordándome la importancia de la humildad.
Indirectamente, la lectura del evangelio de hoy trae esa declaración nuevamente a la mente. La situación que Jesús presenta, a primera lectura, parecería requerir una actitud asertiva o incluso confrontativa.
“…ve y amonéstalo a solas.” Si eso no resulta eficaz, “…hazte acompañar de una o dos personas,” etc.
Pero, ¿qué tan fácil es convencer a un pariente, un amigo, un colega de trabajo, un vecino, un parroquiano o cualquier otra persona de que nos han hecho daño de alguna manera? Sucede casi todos los días en nuestras vidas. Desafortunadamente, los malentendidos no resueltos pueden resultar en relaciones rotas que pueden durar días, semanas, meses o incluso años. Todos hemos sido testigos de esas desafortunadas circunstancias. Cuando se producen esas situaciones, todos los involucrados resultan en definitiva heridos de algún modo.
Tal vez, sin embargo, la clave para un resultado exitoso de la situación que Jesús presenta se encuentra en esa virtud maravillosa pero delicada de la humildad.
- “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano.” Asegúrate de acercarte a él/ella con humildad.
- “Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos.” Asegúrate de acercarte a él/ella con humildad.
- “Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad…” Asegúrate de acercarte a la Iglesia con humildad.
- “…y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano..” Asegúrate de seguir tratándolo/a con respeto y humildad.
- “…pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos.” No hay nada más humillante que estar juntos en la presencia del Señor.
Gracias, Padre Ronan. Que descanses en el seno de Dios por la eternidad.





