
Reflexión
¿Agarrar joyas o aferrarse a Dios?
Pompeya fue una antigua ciudad romana cerca de la moderna Nápoles en la región de Campania, Italia. En el año 79 d. C., fue destruida y enterrada bajo 13 a 20 pies de ceniza y piedra pómez cuando el monte Vesubio entró en erupción. La terrible explosión mató a miles de habitantes y cubrió la ciudad con toneladas de ceniza volcánica. Durante las excavaciones posteriores, se vertió yeso en los espacios vacíos dejados en la ceniza endurecida donde antes habían yacido los cuerpos. Esto permitió a los historiadores ver las posiciones exactas de las víctimas en el momento de la muerte.
Años más tarde, los trabajadores de la construcción descubrieron algo impactante fuera de la ciudad. Encontraron el cuerpo de una mujer que probablemente había estado huyendo de la erupción pero fue atrapada en la mortífera lluvia de ceniza caliente. El detalle más inquietante era que sus manos estaban apretando fuertemente las joyas, que se conservaban en buen estado. Las joyas eran suyas, pero la muerte las había vuelto completamente inútiles para ella.
Esta imagen habla poderosamente del mensaje del Evangelio de hoy del Evangelio de Mateo. Jesús dice: “Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos”. Los discípulos se maravillaron. Y nosotros, como ellos, podemos preguntarnos: ¿Está Jesús condenando la riqueza? ¿Está diciendo que los ricos no pueden ser salvados?
En el Antiguo Testamento, las riquezas eran vistas a menudo como un signo de la bendición de Dios. Abraham, Job y otros de los patriarcas fueron conocidos como ricos y favorecidos por Dios.

Sin embargo, las Escrituras también insistieron en que las bendiciones materiales deben ir acompañadas de cuidado por los pobres y confianza en el Señor.
La riqueza nunca servía para reemplazar a Dios, sino para llevar a las personas a la gratitud y la generosidad.
Jesús no condena las posesiones; advierte contra el apego. El verdadero peligro está en permitir que las riquezas ocupen el lugar de Dios en nuestros corazones. Cuando la riqueza se convierte en nuestra seguridad, crece el orgullo y desaparece la dependencia de Dios. Como la mujer de Pompeya que agarra sus joyas, a veces también podemos aferrarnos firmemente a lo que no puede salvarnos.
La verdadera riqueza, como enseña Jesús, se encuentra en descubrir a Dios como nuestro mayor tesoro. Todo lo demás es temporal. La riqueza material no puede cruzar el umbral de la muerte. Solo perduran el amor, la fe y la confianza en el Señor. Cuando nos aferramos a Dios más que a las posesiones, no invertimos en un tesoro pasajero sino en la vida eterna.





